Día de lluvia en Nueva York, qué hacer en Manhattan en un día lluvioso.

Hace 40 años, se filmó la que sería la mayor carta de amor a la ciudad de Nueva York, “Manhattan”, a través del célebre distrito que pone título a la película. Dejándonos para el imaginario colectivo ese  plano del amanecer, mientras sonaba“Raphsody in blue” de Gershwin, junto a esa antología de localizaciones, casi santuarios para el director, como el museo de Guggenheim o el Central Park, donde montarse en un carruaje o permanecer en el banco frente al puente. 

Cuatro décadas después, Woody Allen regresa a su lugar favorito, tras la mayor polémica. A fin de cuentas, debía sentirse a gusto. Amazon, la productora, le retiró todos los derechos a Allen a causa de los pasados escándalos, pero el director logró que la película fuera estrenada en Estados Unidos, donde aún no hay fecha de estreno. Eso sí, en algunos países sí ha podido estrenarse, como el caso de España.

El personaje principal está interpretado por Timothée Chalamet, un chico encantador –pero sin carisma- con un extraño nombre que necesitará hasta el último gramo de su simpatía casual para convencernos de que no le arrojemos por la ventana cada vez que lo oigamos: Gastby Welles. Una rara avis fuera del universo Allen, un joven de veintitantos años que viste tweed y usa un léxico algo petulante. Alguien que estudia en la bucólica y ficticia Yardley College, y que gana sin esfuerzos miles de dólares en timbas de póker. Allen reserva para su pareja femenina, una Annie Hall, llamada Ashleigh (Elle Faning). Burbujeante, con los ojos abiertos, y profundamente crédula, es otra “chica Allen” de manual. Una periodista, de buena cuna, que confunde con Shakespeare, los versos de una famosa canción de Elle Fitzgeral -“En el auge del tráfico rugiente/ En el silencio de mi habitación solitaria”- (lo que, en honor a la verdad, confundiría todo hijo de vecino; pero al personaje le confirma lo diferentes que son el uno del otro).

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Entre tanto, Allen esboza dos tramas. En una de ellas, Ashleigh es capaz de sacar de su crisis existencial al gran Director de Manhattan, Roland Pollad (Liev Schreiber). Por lo que pronto se verá envuelta en su círculo social, que incluye a su guionista (JudeLaw), la infeliz esposa de éste último (Rebeca Hall) y el libidinoso Francisco Vega (Diego Luna). Mientras tanto, el gris Gatsby recorre las calles de Nueva York, donde encontrará a la hermana menor de una antigua novia suya.

Quizás el principal problema sea éste: un IPhone. Si no fueran por estos modernos teléfonos o las referencias a Jeb Bush, el West Est Side y Manhattan parecerían de otra época. Esto no debería ser un problema. Lo vemos, por ejemplo, en su renovada colaboración con el gran cameraman Vittorio Storaro, en los tonos dorados y ámbar, que se desvanecen entre los pasillos del Hotel Carlyle o en los senderos del Central Park. Una exuberante nostalgia que remite a sus dos anteriores films: “Café Society” y “Wonder Wheel” y que en “Un día de lluvia en París”, se lleva ese romanticismo nostálgico a la actualidad, lo que hace que la película se encuentre en un “incómodo” fuera de lugar. 

Allen lo sabe; lo deja caer en los chascarrillos a Maurice Chevalier y en otros mil detalles casuales. ¡Demonios!, pero si al protagonista bisoño, un vástago hosco de clase alta, lo llama Gastby Welles.  De esta forma, Allen, regresa a los estándares arquetípicos de su cine. La pareja planea hacer una escapadita romántica a Nueva York, para que ambos terminasen cada uno por su lado, como sucedía con “La rosa púrpura de El Cairo”.

Más allá de su forma de filmar la Gran Manzana, están sus personajes que deambulan y se cruzan por sus calles, creando una crónica sentimental con retratos satíricos de algunos círculos (desde la bucólica universidad al tono caricaturesco de la familia de alta cuna o la galería de vanidades del mundo de Hollywood), al mismo tiempo que las situaciones vodevilescas (la risa como motivo de ruptura, el hipo, el escondite en el museo). Y encontramos un placer nostálgico en seguir unas intrigas mezcladas con los diálogos, que vuelan pero no sorprenden.

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Los personajes y el “yo” del director, por encima de todo.

En sus últimas películas, Woody Allen parece haber encontrado la fórmula para sus películas: las comedias livianas pasadas por el filtro de la “historia autoficcional”. Como si Allen se hubiera colado en la Dimensión Desconocida, dirigiéndose a un universo paralelo donde encontrar su Nueva York soñado, creado a su imagen y semejanza.  Pero en este mundo tan particular, su último alter ego ya no sería uno de esos neuróticos hombres de mediana edad, amantes del jazz, sino un joven “milenians” que viste y se comporta como esos neuróticos hombres de mediana edad, amantes del jazz. 

Las películas de Allen suelen ser un caos creativo en donde los personajes salen finalmente victoriosos y, para no ser menos, “Día de lluvia en Nueva York”, retoma esa tradición clásica en su cine. Encuentros casuales y situaciones donde se tuerce la credibilidad, salen adelante gracias a la chispa de los actores y al ingenio de sus diálogos;lo que hace que las visitas a los temas de siempre sean interesantes. Pero “Día lluvioso en Nueva York” completará su filmografía más que enriquecerla, aunque cumpla a la perfección la misión sagrada que veo en su cine; su función “psicoanalítica”: hace que me sienta bien. Cuando estoy decaído, visiono una de sus películas para recuperarme. Y da igual que sea en color, con toques dorados de Storaro, o en el blanco y negro, de Gordon Willis, las propias dudas y reflexiones de sus jóvenes personajes las podrían haber hecho, el propio Allen o Diane Keaton cuatro décadas antes.