Hasta que llegó su hora. Una ópera entre pistoleros.

Sergio Leone era un cineasta italiano formado en el péplum –fue asistente de dirección en la famosa escena de la carrera de cuadrigas de Ben-Hur– y dirigió algunos films como El coloso de Rodas, pero su nombre está asociado con el western, en concreto con la versión europea del género conocida como “spaguetti-western”. Es un cine que se caracteriza por sus escenarios urbanos, con ningún retrato de autóctonos norteamericanos. Pero en “Hasta que llegó su hora” encontramos una caracterización social más marcada; la gente llegando a la frontera, el soldado que regresa a casa, las visitas familiares, indios, e incluso partidas de hombres que trabajan en el ferrocarril, el protagonismo de un personaje femenino -toda una novedad en Leone- o la figura del emigrante europeo, que busca labrarse un futuro con el Sueño Americano. Sin embargo, los personajes protagonistas siguen siendo los pistoleros. Personajes fríos, cortos de palabra y sin escrúpulos que hacen gala de una arrogancia y de una habilidad y puntería con el revólver, el famoso Colt 45.

Cuatro personajes, tres hombres y una mujer, se unen involuntariamente a través de un solo acto: un ataque de Frank (Henry Fonda) y sus secuaces, del que se culpará al jefe de una banda de forajidos Cheyenne (Jason Robards), y por el que Jill (Claudia Cardinale) se verá bastante afectada.

Ella es el corazón y el futuro de la historia, quien terminará enamorándose del héroe, uno sin nombre conocido por el instrumento musical que le acompaña. Harmónica (Charles Bronson) representa el pasado de Frank, representado en una melodía de harmónica,  personaje que recuerda a Clint Eastwood en la “Trilogía del hombre sin nombre”.  

Una maravillosa apertura de 8 minutos.

No es la primera vez que Leone toma un acontecimiento como telón de fondo (en «El bueno, el malo y el feo» se sirvió de la Guerra Civil Americana). En esta ocasión recurre a la construcción del ferrocarril como representación del progreso que aparece encarnado en dos personajes. El primero es en Morton, el socio de Frank, el constructor ferroviario que pretende unir el Atlántico y el Pacífico a través de una vía ferrea, y en Jill, una prostituta del Este (la parte «civilizada» de los Estados Unidos) que busca una mejor vida en el Oeste.

Un extraño spaguetti-western.

Cualquiera que me leyese me tomaría por loco. Es Sergio Leone, lo suyo son los spaguettis-western y la verdad es que tendrían razón hasta cierto punto. Tiene el ritmo de su estilo tan característico, esa fotografía que yuxtaponía los planos generales con los primeros planos, la coreografía de los duelos, la expansión del tiempo, la música de Ennio Morricone, etc… pero esta película sería para el cine del Oeste lo que “Erase una vez América” para el de gánster: una historia épica e incluso una fábula.

A diferencia de su famosa Trilogía no está rodado mayoritariamente en Almería sino que se fue a rodar al mismísimo Monument Valley y el guión está tan estructurado en base de otros films que se pierde la esencia de lo que eran los “spaguetti-western”. El guión se basó en una historia de Bernardo Bertolucci, y uno de los colaboradores fue Dario Argento, quienes entonces eran conocidos como críticos de cine. Para la preparación de la película, Leone les encargó ver numerosos films clásicos, de ahí que apareciese una infinidad de referencias. Pero el cineasta toma estos elementos del western para luego subvertirlos y crear algo diferente. Por ejemplo, el personaje de Henry Fonda, actor conocido sobre todo por sus héroes clásicos del género, a las órdenes de John Ford, el más clásico de los clásicos. Otra novedad sería el personaje de Jill, Claudia Cardinale. Había pocas mujeres en el western clásico con un gran protagonismo y mucho menos en el cine de Leone, pero esta mujer no está dispuesta a ser pisoteada por el hombre y se prepara para dirigir su propio destino.

Escenas memorables.

La vida de la frontera se observa en la secuencia del ataque, en donde sobresale el tempo propio de Leone. Sale el pequeño de los McBaine al escucharse unos disparos y suena, por primera vez, el tema Like a Judement que representa al personaje de Henry Fonda.

Unos desconocidos se acercan con los característicos guardapolvos, con una toma desde atrás de los cinco tipos. La cámara se mueve en círculo hasta mostrarnos la cara de Fonda, una clásica manera de girar la cámara para convertir un perfil en plano de frente. «Ya que habéis pronunciado mi nombre».

La última secuencia de duelos aparece rescatada de El último atardecer, Robert Aldrich. Detalle que podría aludir al propio Bertolucci (uno de los guionistas de la historia), cuando en la película La estrategia de la araña, se ve un cartel del mismo filme. Este duelo entre Henry Fonda y Charles Bronson es similar al que entablan Rock Hudson y Kirk Douglas, con el mismo tipo de planos. Leone lo contempla como una danza. Empieza con la partitura musical de Frank, Like a Judement. Pronto nos encontramos con la característica fotografía de Leone, entre los paisajes y los primeros planos. Los andares, las botas, los sombreros. Y un ritmo lento, nada que ver con el frenético tempo de El bueno, el malo y el feo.

Entonces suena la partitura musical de Harmónica. No hay diálogos, sólo música. Es curioso cómo la película comienza con sonidos amplificados y termina con una escena musical muy expresiva, mientras que sucede una acción sostenida, que puede romper el ritmo del Hollywood clásico. Hasta que sube la música y se acerca la cámara a Bronson, para descubrirnos cómo en su subconsciente aún pesa la causa del ajuste de cuentas con Frank. La figura del personaje de Henry Fonda se hace claro en el camino del desierto de Monument Valley. “Haz feliz a tu hermano”, dice, colocando la harmónica entre los labios de un chico que sostiene entre sus hombros a su hermano, a punto de morir ahorcado (Claudio Manzini, uno de los productores del filme).

 Sin embargo, Frank aún no lo comprende. Cae abatido y se pregunta, ¿quién eres tú? Bronson se limita a colocarle la harmónica en la boca.

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