Black Rain. Un solvente thriller policiaco de Ridley Scott.

En 1989 coincidieron en el cine dos películas homónimas que se servían de Japón como escenario y un mismo acontecimiento –las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki- como telón de fondo. Una de ellas era la olvidada obra maestra Lluvia negra (Shohei Imamura) sobre las consecuencias de aquel episodio, mientras que la otra era Black Rain, un thriller policiaco medio olvidable con la que Ridley Scott quiso recuperar parte del prestigio perdido con sus dos películas anteriores, hoy olvidadas –Legend (1985) y La sombra del testigo (1987)-. Por cierto, Scott llegó al proyecto después de que Paul Verhoeven lo rechazase, prefiriendo rodar “Desafío total”.

Nos situamos en una Nueva York dominada por un paisaje gris en el que dos policías (Conklin, Michael Douglas, y Vincent, Andy García) se sacan unos cuantos dólares en peligrosas carreras de motos. En un momento dado, asisten fortuitamente a un enfrentamiento entre gánsteres, participando en la detención de un peligroso yakuza (Sato). Es entonces cuando se les encomienda escoltar al prisionero, pero en el aeropuerto de Osaka miembros de la yakuza logran rescatarle y Conklin y Vincent deberán unir sus fuerzas a Massa (Ken Takakura), un policía local para capturarle. Por el camino, Nick Conklin conocerá a una compatriota –Joyce (Kate Capshaw) que regenta un conocido club nocturno.

Entre Occidente y Oriente.

La película habría de ser un juego de espejos entre dos mundos pero el choque cultural entre el enérgico individualismo americano y el colectivismo y  de jerarquía tradicional japonesa, quedan demasiado deslucidos. A pesar de ello, el film nos deja algunos detalles en este sentido, como aquella frase de Massa: “Tal vez deberías pensar menos en un usted y más en el grupo, en el modo japonés” o en el desprecio hacia los extranjeros de muchos nipones, curiosamente en boca de la chica de Chicago que lleva viviendo 7 años en Japón: “Nadie ayudará a un gaijin: un bárbaro, un extranjero, un extraño”. “Black Rain” podría entenderse como una actualización de la clásica “Yakuza” (Sidney Pollack), -por cierto, protagonizada por el propio Ken Takakura-, al estilo del cine de acción de los 80. Pensemos en “Jungla de cristal” con la que comparte algunas coincidencias: la fotografía  de ambas películas es del mismo cameraman (Jan de Bont) y “Jungla de cristal” arrebató a “Black Rain” el Premio a la Mejor Película Extranjera de la Academia de Japón en la edición de 1990.

La carrera que mantiene Conklin al comienzo está destinada a preparar la persecución de las motos en el clímax (Hollywood suele adornar el “rifle de Chejov”) y a contraponer ambos mundos. Esto lo consigue gracias a su notable capacidad estética, entre lo mejor  del director, pero  suele ser la excusa para que algunos críticos consideren que sus películas adolecen de la historia en favor del estilo visual. En este sentido, las escenas iniciales resultan lúgubres, sobre todo las del desaparecido distrito de empaquetadores de carne con unos tonos grises y abundante humo, pero cuando la acción se traslada a Osaka, lo hacemos a una Osaka que nunca habíamos visto. Una metrópolis contaminada y triste, llena de anuncios de neón y clubes nocturnos que parecen madrigueras. Una Osaka que nos muestra el símbolo del Japón –el Sol Naciente- como un infierno industrial, a través de un cielo anaranjado. Es fácil pensar en Los Ángeles futuristas de “Blade Runner” (1982) mientras visionamos la película, con alguna que otra coincidencia estética como el vestido de lentejuelas que viste  Kate Capshaw y que recuerda a las escamas de serpientes que llevaba Joanna Cassidy en el anterior film.

Parte de esta decisión visual se debe a un cambio de última hora. Los continuos impedimentos que las autoridades locales pusieron al rodaje (solo les permitieron filmar durante seis horas diarias) hicieron imposible el estilo visual de Howard Atherton, sustituido por Jan de Bont.

Un análisis del poder y corrupción.

Black Rain encaja bastante bien en la filmografía de Scott, en concreto en su reflexión que suele hacer de las relaciones de poder con la corrupción, a través sed de poder reflejada con un tono pesimista. Pensemos en la propia Blade Runner, El Reino del Cielo o La casa de los Gucci. Sin ir más lejos, el título de la película nos indica esta relación. La “lluvia negra” no es otra que la lluvia radiactiva causada por las bombas atómicas, lo que hundió a Japón, tal y como lo describe el jefe jakuza a Nick Conklin, surgiendo nuevos individuos sin un código moral ni ético sino regidos por el poder. Uno de ellos sería el propio Sato, hijo de este jefe Jakuza.

Lo más interesante de la película es tanto el sentido del honor como la transformación ética que sufre el personaje cínico y desencantado de Michael Douglas. En su papel anterior –el ganador del Oscar Gordon Gecco de Wall Street– interpretaba a un ambicioso corredor de bolsa que ensuciaba su alma mientras mantenía las manos limpias. En esta ocasión, es un detective de la policía que sumerge en el lodo, pero que un momento dado cambia de actitud. Este cambio pasa, sin lugar a dudas, por la amistad con el policía japonés –Matsu- quién vive bajo un código de honor inquebrantable. Curiosamente su personaje hace un guiño a la película citada de Sidney Pollack “The Yakuza” (1974). En aquella ocasión, Katatura interpretaba literalmente “al hombre que nunca sonríe”, mientras que esta ocasión muestra una destacable sonrisa, al final. Por cierto, desde esta pequeña página de cine recomiendo encarecidamente el visionado de aquella película –de lo mejorcito de Pollack- sospechosamente parecida a Black Rain y muy superior a esta.

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