El universo de Óliver. La azotea de los soñadores sin miedo a perder de vista la realidad.

-Te llevo esperando doce años para hacer un viaje.

La infancia es un tema recurrente en el cine. A fin y al cabo todos hemos sido niños y son muchos los cineastas que han puesto la mirada en esa etapa de la vida, y si además se cuenta esa infancia a través de un chico que adora a su abuelo, empezamos a notar esa fibra sensible que nos hace un nudo en la garganta. Partimos, en definitiva, del mismo material del que están hechos los sueños.  En concreto los sueños que tuvimos una generación que crecimos viendo películas como Los Goonies o aquellas que llevaban el sello de Spielberg. Pero su director lo hace de una forma desprejuiciada para crear su propio universo o mejor dicho, el de Óliver.

Óliver es un chico recién llegado de Madrid al Campo de Gibraltar porque la crisis económica y la falta de trabajo obligaron a su familia a instalarse en la casa de su abuelo. Su llegada al sur coincide con el paso del Cometa Halley y con los mil y un problemas de la comarca, de los cuales sus padres deberán salir adelante como pueden (con un cobrador del frac, incluido), mientras el crío hace lo propio escapando de la realidad de su barrio de vez en cuando con su desbordante imaginación, lo que le unirá a su fantástico abuelo.

Todo esto estará contado a través de la mirada de un niño, demostrando Alexis Morante su gran pericia para sortear esa famosa advertencia de Hicthcock: “no trabajes nunca con niños, animales o Charles Laughton”. De hecho en la historia hay un gran repertorio de ellos, desde el amor platónico del protagonista, amante de los insectos, pasando por el “gafotas” y el chico gordito de la pandilla. Mientras que recae en los personajes adultos gran parte del peso dramático de la trama, entre ellos, los padres –Salva Reina y María León- y sobre todo el del abuelo, rindiendo un inmenso tributo al sacrificio que realizan las familias y que sirven de salvavidas de los chicos siempre que estos los necesitan.

Un inmenso Pedro Casablanc sería el alma de la película. Un personaje de esos capaces de regalarte un poco de su arrebatadora magia para que la guardes en un rinconcito de tu corazón.

Basada en una novela (que lamento desconocer) de Miguel Ángel González, la película es un brebaje que mezcla drama, realismo social, cine de niños, unas dosis de romance y fantasía que toma el impulso de las experiencias de un grupo de chavales que permitirá reconciliarnos con el niño que llevamos dentro. La verdad es que muchos de nosotros nos sentiremos identificados con ellos en más de una escena. De hecho, yo tendría ocho años cuando llegué a Algeciras, procedente de Cádiz, en los ochenta y la verdad es que hay muchos recuerdos de mi infancia compartidos con los personajes de la película, teniendo en cuenta que crecí en la misma ciudad que el director. Esos partidillos de fútbol improvisados, los paseos en bicicleta con los amigos –en mi caso en la Colonia San Miguel y la Menacha, con nuestro propio búnker de la guerra- y la playa con el Peñón como telón de fondo.

Una carta de amor a una época.

La película ofrece una visión fresca de los años ochenta, a esos barrios donde crecimos con sus más y con sus menos, pero tirando que era lo importante. Con sus problemas, que los había por supuesto, pero siempre con las ganas de salir adelante como sucede con los personajes de la película. Y para un chaval no habría mejor escaparate que un partidillo de fútbol donde «resolver los problemas», y convertirte en el héroe de turno. Una cosa que, por cierto, me ha maravillado de la historia: la imaginativa escena del partido con gancho simbólico incluído en la figura de Mágico González, esa legendaria estrella del Cádiz que recordamos muchos de mi generación.

Y todo lo hace cómo si el director hubiera lidiado en este tipo de películas toda su vida y lo cierto es que Alexis Morante, ahí dónde le veis está ante su primer largometraje, pero con una larguísima andadura a sus espaldas. Desde documentales y videoclips a cortometrajes. Bien dirigía al grandísimo Juan Diego, del que lamentamos su pérdida, en «Matador on the road» con el desierto de Nevada como inigualable telón de fondo, o al propio Salva Reina, en «BlaBlacar«. De hecho, la película tiene bastante de uno de ellos –Volteretas– e incluso hay detalles de la película que me recordaron a uno de sus singles más llamativos, el de “Despierta”, para Bunbury, que rodó en Algeciras.

E incluso podría ver a ese Gabriel, apodado “el Majara”- interpretado por Pedro Casablanc- en el sacerdote que toca las campanas vestido con un traje de buzo; nada menos que mi buen amigo, el actor algecireño Manuel Bueno.

Y detrás de todo esto hay una arrolladora pasión que el cineasta tiene por esos años ochenta, a través de una mirada nostálgica y un sinfín de matices que parten de Spielberg, por supuesto, pero también de esos grupo de amigos que vivían mil aventuras a lomos de bicicletas como el caso de “Los Goonies” o los chavales que hacían su particular viaje de iniciación al estilo de “Cuenta conmigo”. Pero Alexis Morante no olvida las referencias patrias como el cine quinqui, el de Berlanga o el de Antonio Mercero, con ese “Verano azul” que a través de la mirada del director tiene un azul algo oscuro. Dejamos para el final otra referencia del que muchos parecen haberse olvidado: «Entre las estrellas» de Zoe Berriatua.

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