Maurice: Anhelo y represión homosexual a cargo de James Ivory.

Mucho antes del famosísimo guión con el que ganó el Oscar “Llámame por tu nombre”, el cineasta americano llevó a la pantalla una historia de amor homosexual, cuando E. M. Forster era aún su principal referencia literaria. El escritor inglés sería un prestigioso autor después del enorme éxito que obtuvo “Pasaje a la India”, de la mano de David Lean, al que le siguió “Una habitación con vista”. El propio James Ivory adaptaría otras dos historias de Forster, siendo “Maurice” la menos conocida: una película de ambiente homosexual tamizada por la represión y el anhelo de una belleza masculina pasado el juicio a Oscar Wilde.

Al festival de Venecia le encantó pero al parecer a pocos más. Apenas logró una décima parte de la taquilla de “Una habitación con vista”, película que obtuvo tres Oscars de sus 8 nominaciones mientras que “Maurice” solo pudo hacerse con una raquítica candidatura al vestuario. Al igual que su trabajo anterior estaba rodada con el característico pulso de la firma Merchant-Ivory: una tranquila convicción visual y narrativa, engalanada con el detallismo del cine de época. Pero había una gran diferencia: la película era demasiado gay.

Durante mucho tiempo, la novela de Maurice -que Foster no vio publicada en vida- y la extraordinaria película, fueron consideradas casos atípicos en sus respectivas carreras. Lo obvio: la Inglaterra eduardiana de principios del siglo XX no era un buen momento para ser gay. El clima era tan malo que el destacado novelista EM Forster comenzó a escribir un libro con un héroe homosexual en 1913 que habría de publicarse en 1971, un año después de su muerte a la edad de 91 años. En el caso de Ivory, nunca había tratado el tema de la homosexualidad y éste coincidió con la época mayor auge del Sida; pero en la filmografía de este cineasta abundaban las escenas románticas y de cama.

Como buena película de Ivory, Maurice nos habla de sentimientos pero también de la vida pública y de la vida en el hogar, los complejos lazos del status social, con pasajes que puede recordar a la vida de Oscar Wilde, que estuvo encarcelado por mantener relaciones homosexuales. De hecho, uno de los protagonistas –Clive, el amor de Maurice- abandona estas prácticas ante el pavor a ser víctima de un proceso similar al del famoso escritor. Lo que sucede al film es que responde al estilo de su director: James Ivory suele endulzar sus historias al gusto del cine de época.

Capitalizando el “cine de estilo universitario inglés” de los 80.

Si echamos una mirada a la década de los 80 fueron los años de un tipo de cine, el de las “escuelas de prestigio”, protagonizadas por estudiantes masculinos y blancos, pertenecientes a la élite social y que podrían ser las respuestas a aquel cine violento de las pandillas urbanas de los 70. Pensemos en “El club de los poetas muertos”, pero también en “Carros de fuego” o la serie “Regreso a Brideshead”. En esta línea situamos a “Maurice”, con una historia que se inicia en Cambridge y que pasada la etapa universitaria, nos sitúa en Londres donde Maurice Hall (James Wilby) es un corredor de bolsa de clase media, solitario, bien educado pero poco intelectual y atado a las convenciones que imperaban en la Inglaterra previa a la Primera Guerra Mundial. Por su parte Clive Durham (Hugh Grant) es un prometedor político que se casa con Anne (Phoebe Nicholls), una chica inocente y tímida que no es consciente de ser una segunda opción y que nerviosamente aparta la mirada del cuerpo desnudo de su propio marido cuando se acerca al lecho del matrimonio.

Al final de la película, Clive (Hugh Grant) cerrando las persianas del mundo.

Entre los momentos más animados de la historia se encuentran los intentos de Maurice de buscar ayuda médica, con Denholm Elliott como el médico que encuentra intolerable su confesión y un hilarante Ben Kingsley  como el hipnotizador estadounidense, fumador de cigarros, que intenta curarlo. Le aconseja «hacer ejercicio con moderación: un poco de tenis o pasear con un arma». Otros personajes serían el de  Billie Whitelaw, la madre que apenas consigue entender a su «Morrie», y el de Barry Foster como el severo decano molesto por los intereses extracurriculares de sus estudiantes. Pero si hay un personaje secundario a destacar este sería el de Alec Scudder, el tercer vértice del triángulo amoroso interpretado por Rupert Graves. Su rol de guardés o sirviente campestre  podría ser el precedente masculino del famoso “Amante de Lady Chaterley” de DH Lawrence.

En una escena que tiene lugar a la noche y en plena tormenta, la lluvia entra por el techo del salón, en la casa de los Durham. Todos se divierten jugando a las cartas o a algún otro pasatiempo anodino mientras Clive se sienta a un lado con un cigarrillo. Solo cuando Alec emerge del exterior, con la gorra en la mano, para ayudar a mover un piano, Clive cobra vida.  Alec Scudder es pobre y orgulloso y las distinciones de clase son importantes para él. Además es extraordinariamente inteligente, quizás el personaje más inteligente de la historia y su ambiente en donde se siente cómodo es al aire libre, de ahí que no se sienta atado a la casa de la familia Durham, a la que entra solo para ayudar a mover el piano y una noche que va a la habitación de Clive (“Le escuché llamándome, señor”). Terminemos esta crónica con una gran secuencia hacia el final de la película, donde un Scudder enojado y resentido se enfrenta a Maurice.

Dijiste: «Llámame Maurice», pero tú nunca me has escrito a mí.
No deberías tratarme como un perro.

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