Un tranvía llamado deseo. “¡Stella, STELLA!”

El teatro y el cine han sido dos lenguajes hermanados en una infinidad de ocasiones; pensemos en William Shakespeare, Tenesse Williams, Arthur Miller, Edward Albee e incluso Federico García Lorca. Pero pocas veces, una misma persona ha tenido la oportunidad de dirigir la versión teatral y la cinematográfica como hizo Elia Kazan. De Williams, que ganó el Pulitzer con esta obra y volvió a repetir galardón con “La gata sobre el tejado de zinc”- hay memorables adaptaciones al cine, como “La noche de la iguana”, “Dulce pájaro de juventud” o “De repente el último verano”, pero esta versión es especial.

Al comienzo, una desconcertada y nerviosa Blanche DuBois llega a Nueva Orleans con la intención de quedarse con su hermana Stella y su cuñado Stanley Kowalski. Está interpretada por una Vivian Leigh a la que cuesta acostumbrarse. Es un personaje que no es tan joven, tiene treinta y tantos años,  pero sigue siendo guapa y tiene cierto estilo- uno sureño, por así decirlo, pero estilo en todo caso- tanto en sus modales como en sus formas de vestir. Kim Hunter –a la que no logro situar en ninguna otra película- interpreta a Stella, alguien que de alguna manera resulta más creíble, a pesar de la especial relación que mantiene con su marido Stanley. Pero él no es un noble muchachote que intenta salvar su matrimonio de las garras de una intrusa, y la fragilidad y el particular autoengaño de Blanche funcionan a las mil maravillas junto al grosero y jactancioso Stanley que siempre encuentra la ocasión para quitarse la camisa delante de ella.

Es un resentimiento más de clase que sexual. Stanley odia la condescendencia y esnobismo de Blanche y también sospecha de la forma en que aparentemente abandonó la casa familiar. Pensemos en Tara, aquel legendario hogar de “Lo que el viento se llevó”, mostrándonos a Leigh a la edad de Blanche en esta película, pero la casa de ahora no tiene valor ninguno, debido tal vez a la mala gestión de esa antigua maestra.

Eso sí, Brando hizo que su personaje fuese el protagonista cuando no lo era e incluso alguno podría aplaudir su actitud que termina enviando a DuBois al manicomio. Que me perdonen las feministas que puedan leerme: su personaje parecería el de una zorrita ladina que pretende acabar con una pareja trabajadora. Pero la obra gradúa muy bien la modulación de los sentimientos. Al principio nos situamos del lado de Kowalski, viendo a los personajes a través de sus ojos y a media que a avanza la historia, comprendemos mejor a Blanche y sentimos horror ante la crueldad final, hasta el punto que el personaje de Micht  (Karl Malden) termina llevándose a su terreno el negociado masculino.  

Por cierto, la propia Vivian Leigh (que había interpretado a ese mismo personaje en el teatro, pero no a las órdenes de Kazan sino en Londres) sufrió un colapso mental después de participar en la película y su marido, Lwarence Olivier culpabilizó al director de su extravagante método interpretativo.

Un nuevo método de interpretación.

Brando no ganó el Oscar por esta actuación –se lo llevó Humphry Bogart por “La reina de África”- pero pocos estilos influenciaron más en la interpretación moderna que su Stanley Kowalski. Admire la forma que tiene de acechar en ese pequeño apartamento de Nueva Orleans. Lleva una camiseta rasgada y fuma y bebe con avidez y no tiene buenos modales que solemos asumir en el Hollywood clásico. Piense en el contraste de Bogart con un personaje que también es grosero y rudo, pero con un fondo de elegancia natural que no encontramos en Marlon Brando.

El que visione la película por segunda vez, descubrirá nuevos matices en Marlon Brando o en Vivian Leigh pero el que asista por primera vez, tendrá ante sí una revolución porque con esta se lograba una forma de interpretar que nunca se había visto antes.

Elia Kazan hizo todo lo posible para que los actores se luciesen y para que el público llegase a notar que con estos trabajos de interpretación alcanzaba una emoción especial. Kazan entendía que la fuerza, la sensibilidad y el propio bagaje emocional servirían para que el actor se convirtiese en otra persona: el personaje. Con esta idea y de lo que extrajo del ruso Constantin Stanislawsky y de su propia experiencia como actor, fundó en 1947 la más famosa escuela de interpretación de todos los tiempos: El actor´s Studio. Cuatro años más tarde, Lee Strasberg le sucedería en la dirección, momento en el cual Kazan quiso poner en práctica sus propias teorías más allá del escenario. Pero estaba tan agotado por la puesta de escena que no se vio dirigiendo la versión cinematográfica, hasta que comprobó que una película le daría más vida a la historia, mostrando el pasado de Blanche Dubois o dónde trabajaba Kowalski y sobre todo cómo la cámara lograba reflejar los conflictos internos de sus personajes con mayor nitidez que entre las cuatro paredes de un teatro.

Podríamos terminar con el gran error de Kazan, delatar a sus compañeros de profesión en la “caza de brujas” porque a diferencia de la gran mayoría, el no tendría problemas para trabajar. Cierto, hubiera perdido su oportunidad de prosperar en Hollywood pero se hubiera marchado a Broadway y continuado su carrera como si nada. Recordemos que aunque hoy identificamos a Elia Kazan con sus películas, él era sobre todo un director de teatro. ¿Y eso de darle un Oscar Honorífico? Si se lo querías dar por alguna razón especial, genial, pero ya tenía dos como Mejor Director tanto por “La barrera invisible” como por “La ley del silencio”,  y eso abrió de nuevo una herida que todos no llegaron a comprender. Por cierto, el propio Garci estaba presente en esa Ceremonia de los Oscar y fue uno de los muchos que decidieron no aplaudir ese homenaje.

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