El manantial. Arquitectura e individualismo en el Hollywood clásico.

-Te odian porque saben que no te corromperán ni te gobernarán.

Un panegírico en defensa del individualismo a través de la arquitectura, una película de 1949 de King Vidor que adaptaba el libro que Ayn Rand escribió en 1943, adaptación de la que se hizo cargo la propia autora con la única condición de respetar el texto hasta el último detalle. La novela fue famosísima en su época y sería el libro de cabecera de los neoliberales y del “tea party”, siendo la obra favorita de Donald Trump.

Nos situamos en el Nueva York de la Gran Depresión con una trama centrada en el arquitecto Howard Roark, un individuo con una personalidad tan radical que solo le interesa la creación de acuerdo sus propias convicciones. El manantial se inicia con un montaje en el que va perdiendo todas las oportunidades una tras otra. Es expulsado de la facultad y de distintos estudios de diseño, porque actúa según su impulso creativo sin importarle lo que los demás opinen. King Vidor nos lo muestra de espalda, con la silueta oscurecida al borde del cuadro y frente a sus tres interlocutores con sus respectivos marcos arquitectónicos, achacándole que es demasiado idealista para ese negocio.

De hecho, una virtud del guión de Rand es que constantemente compara a la persona con el diseño que produce. Así, su arquitectura radica en la modernidad, creando  elegantes edificios que desafía la arquitectura monótona y colectivista que los rodea, principios identificados por el arquitecto rival Peter Keating, incapaz de hacer nada original y siempre atendiendo a la opinión pública. Howard Roark nos recuerda tanto al gran Frank Lloyd Wright que le persuadieron para que participase en la película pero la comisión del 10%- que solía pedir como retribución- era demasiado teniendo en cuenta que el arquitecto pedía el 10% de todo el presupuesto.

Junto a él hay dos personajes claves. El primero, Gail Wynand, es un millonario que dirige el diario más influyente de Nueva York;  un hombre hecho a sí mismo y que es consciente de que con el suficiente poder y dinero puede conseguirse dar a la masa lo que quiere. Y el segundo, un peón del engranaje del personaje anterior, Dominique Francon, interpretada por una jovencísima Patricia Neal, en su segunda película después de debutar junto a Ronald Reagan en ese mismo 1949. Una joven y rica mujer que trabaja, no con demasiada convicción, como crítica de arte en el periódico de Gail, “El Banner”, aunque frustrada e insatisfecha por no encontrar honestidad y belleza en el mundo en que vive. En su primera aparición vemos arrojar por la ventana de su apartamento una escultura griega porque “la belleza y el talento no tienen cabida en estos tiempos”.

Dominique encuentra a Howard en una cantera en la que el arquitecto trabaja como obrero.
Por cierto, «El Manantial» termina con el personaje de Gary Cooper en un ángulo similar.

El individualismo frente a la comunidad.

Howard Roark era  un inusual héroe de Hollywood, incapaz de que el espectador se identifique con él. Al final de “Y el mundo sigue” (1928), Vidor sitúa al protagonista en medio de un teatro atestado de público en el momento en que aceptaba su papel en la sociedad; veinte años después repite la misma escena a través del crítico socialista que se lanza a dar un discurso a una multitud enfebrecida. Es un personaje que dirige una cruzada contra Roark porque es consciente de su talento y decide derribarle por esa misma razón. Es otra película en donde los protagonistas deben confrontar la individualidad con la sociedad. La actitud de Roark es completamente inédita porque no cree que sus creaciones deban tener una finalidad social sino responder solo a un criterio artístico, lo contrario que piensa, por ejemplo, tanto el crítico socialista como el arquitecto rival en la película.

Pero “El manantial” es igualmente inusual porque la trama pasa por el esperado triángulo amoroso, pero la línea melodramática sería diferente al Hollywood de la época: La atracción de esos personajes no está dirigida tanto por el fervor erótico sino por la apreciación moral e intelectual. Pero mientras que Wynand es un antagonista que intenta redimirse, viendo a Roark en el modelo de hombre que le gustaría haber sido, el propio Howard Roark es un monolito emocional que se niega a comprometer su trabajo, sea cual sea el coste personal de su decisión. Por cierto, el romance entre Howard y Dominique traspasó las pantallas con un affaire entre Patricia Neal y Gary Cooper, que tendría unos veinte años más que ella y con esposa y una hija. Patricia quedaría embarazada, obligándose a abortar lo que le supuso una fuerte crisis sobre todo por sus profundas convicciones católicas.

En una significativa escena, un árbol separa a ese triángulo amoroso.

La verborrea que gastan los personajes –Rand no aceptaba ningún cambio en el guión, otro elemento inusual para el Hollywood de aquella época- hizo necesario que Vidor dinamizara las escenas con sus característicos movimientos de cámara y con un estilo expresionista de la fotografía, acompañada de una atronadora partitura de Max Steiner.  

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