La venganza de Ulzana. El violento western de Aldrich.

-¿Recuerda lo que dijo el General Sheridan de este país, teniente? Dijo: Si fuera dueño del Infierno y Arizona, viviría en el Infierno y alquilaría Arizona.

Robert Aldrich fue un cineasta cuya popularidad y éxito de sus películas deformó la imagen que tuvo de sí mismo, con unos violentos y agresivos films que ensombrecieron su talento. Nieto del magnate Rockefeller, su temperamento político –combativo de izquierda- marcó su vida y su estilo de cine de forma que como director quedó relegado a un lugar secundario en comparación con otros compañeros de profesión mejor valorados como Anthony Mann, Richard Fleiser o John Sturgues.  Entre sus temas favoritos se encuentra el fracaso de la civilización con los matices oscuros de la sociedad a través de una serie de instituciones como Hollywood -¿Qué fue de Baby Jane?-, el ejército –Ulzana´raid– o la prisión –Rompehuesos-, mientras que lo mejor se situaría  entre aquel retrato del viejo Hollywood con una Bette Davies en horas bajas en “¿Qué fue de Baby Jane?” y el cine bélico en donde las líneas entre los buenos y malos están tan diluidas que cambió el género para siempre–Doce del patíbulo-. Fue un director tan alejado del sistema de Hollywood que pagó su independencia creativa con unas ruinosas finanzas. Por ejemplo, despilfarró auténticas fortunas en proyectos que no llegaron a nada. Entre ellos, habría una especie de biopic sobre Lucky Luciano (The Ferrary Story) o una adaptación de Drácula de Bram Stocker a la que renunció tras el éxito de El exorcista.

En esta ocasión, nos situamos en la década de 1880, en Arizona. En una noche un apache llamado Ulzana huye de la reserva india junto a un grupo de guerreros. La noticia viaja a un fuerte vecino desde donde se organiza una patrulla de caballería en su captura, dirigida por un oficial (DeBain, Bruce Davinson) sin ninguna experiencia y con dos exploradores, uno de ellos un veterano descreído (McIntosh, Burt Lancaster) y un apache de nombre Kenitai (Jorge Lucke). El joven teniente considera esa acción como un regalo para un rápido ascenso pero pronto se dará cuenta de la situación: su inexperiencia pondrá en riesgo a la patrulla que si no fuera por Kenitai habría sucumbido a los diez minutos. Estamos, por tanto, en los terrenos del western. El género eminentemente americano representaba episodios de la historia remota de su país desde distintos enfoques. Hubo una versión conservadora en la línea del Destino Manifiesto y de la mitología de la que hablaba André Bazin, mientras que se produjeron otros westerns liberales que hicieron hincapié en las atrocidades contras las naciones indias como parte del pecado original estadounidense. Dentro de esta vertiente, la Guerra de Vietnam y las producciones europeas trajeron consigo un cine sucio y violento con Sam Pechkipah como principal representante, mientras que los de Aldrich no fueron los últimos ocasos del western crepuscular, pero casi. En este sentido, habría un puñado de grandes películas en donde unos antihéroes escépticos y desencantados se abrían pasó hacia el Salvaje Oeste como El pequeño gran hombre, La balada de Cable Hogue o Las aventuras de Jeremías Johnson.

La venganza de Ulzana (1972) formaría parte de esta pequeña liga, un film que no se centraba tanto en los discursos sino en las batallas entre ambas culturas, la blanca y la nativa, a través de una película itinerario en donde se viajaba de día, se charlaba de noche y podía morirse en cualquier momento, emparentada con el clásico canónico de esta temática: “Centauros del desierto” (John Ford), pero también con un western anterior del propio Aldrich, Apache (1954), un film pro indio en donde Burt Lancaster interpretaba a un joven apache llamado Massai, mientras que ahora se hace hincapié en la crueldad de unos indios justificándose en el robo que los europeos hicieron de sus tierras. La historia se representa con una crueldad desmedida. En una escena, por ejemplo, un soldado llega a disparar a una mujer con tal de evitar que fuese capturada por los indios mientras que protege la vida de su hijo, hasta que llega a matarse así mismo temiendo las torturas en el caso de caer prisionero.

Pero curiosamente, la película es muy clásica en cuanto al estilo visual con un tratamiento pictórico de la fotografía a cargo de Joseph Biroc, cameraman que un par de años más tarde lograría el Oscar por “El coloso en llamas” (John Guillermin, 1974). Las cabalgadas y tiroteos con el color amarillo del desierto recuerda bastante a las pinturas de Frederick Remintong y de Charles Marion Russell, en donde cobra protagonismo la decadencia de los cuerpos de sus personajes como el de un maduro Burt Lancaster, al igual que sucede en otros films de Aldrich como las dos mujeres deterioradas de ¿Qué fue de Baby Jane?

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