Das Boot. El submarino de Wolfgam Petersen atraca de nuevo.

Wolfgam Petersem formaba parte del llamado nuevo cine alemán junto a Fassbinder o Schlöndorff aunque solo coincidía con ellos en el formato televisivo en el que comenzó a trabajar y en la concepción del proyecto, haciéndose cargo desde el guión hasta la dirección. Había filmado pequeñas películas para la televisión como “La consecuencia” o “El jugador de ajedrez” cuando le contrataron para “Das Boot” el film con el mayor presupuesto de la historia de su país que sería como si eligiesen a John Cassavetes para dirigir “Encuentros en la tercera fase”.

La película no es muy distinta a aquellas producciones hollywoodienses de los años cincuenta  cuando los submarinos comenzaron a tener mayor importancia en las contiendas y protagonismo en el cine. Films como Duelo en el Atlántico (Dick Powell) o Torpedo (Robert Wise),  coincidían en el rol del sumergible entre el valiente capitán y el leal número 2 o  en el terror que producían las molestas cargas de profundidad o en la camaradería de la tripulación. Lo que realmente separaba esta película de sus predecesoras fueron las decisiones creativas a favor del mayor realismo posible. Si los camarotes de un submarino se han representado como habitaciones de hotel con un periscopio, Wolfgam Petersen lleva el mínimo espacio a la pantalla para mostrar la tensión tanto física como psicológica de los cuarenta y tres tripulantes que deberán convivir durante meses en un “tubo de cigarro”.  Por ejemplo, el comedor de los oficiales era tan pequeño que cuando un tripulante debía atravesarlo debía pedir permiso para que un oficial se pusiera en pie y le dejara paso. Parte de este éxito radica en el director de fotografía Jost Vacano filmó gran parte de la película con una cámara de mano equipada con una montura giroscópica que servía de estabilizador. Pero el cineasta narra la historia desde los horrores de la vorágine claustrofóbica  con un sentido de la aventura. Cada vez que el submarino sobrevive a una amenaza es solo para enfrentarse a otra potencialmente más peligrosa.   Las escenas de batalla están magistralmente bien resueltas pero no tanto en el aspecto de los efectos técnicos sino en la capacidad de crear tensión, destacándose dos secuencias en este sentido: el ataque al convoy británico y el paso del traicionero Estrecho de Gibraltar.

Otra gran diferencia de esta película con respecto a las anteriores es que no se trata de una brillante ficción para dar glamour al mundo de los submarinos sino que muestra este servicio como una experiencia agotadora y deshumanizante. Es cierto que comenzamos a ver a este cuadro de marineros como lo hace el reportero de guerra alemán, un grupo competente unidos por fuertes lazos y sobre todo gracias al capitán (Jurgen Prochnow), pero ellos pasaran de ser una tripulación enérgica y bien afeitada para emerger, al final, desanimados y desaliñados. Los mugrientos oficiales parecían fuera de lugar en una opulenta cena que le ofrecieron en Vigo, en una España neutral pero amiga del Eje, pero eran calurosamente recibido por los oficiales deseosos de escuchar sus hazañas. Tampoco el capitán es ese genio táctico que suele verse en todas las películas bélicas sino alguien que llega a cometer errores, algunos de los cuales resultan muy costosos tanto para el sumergible como para sus hombres.

No sólo fue un film muy rentable en lo económico (alcanzó los 80 millones en taquilla sobre el equivalente en marcos de unos 20 de presupuesto en dólares) y con un buen pulso artístico (con seis nominaciones a los Oscars) sino que abrió todo un debate relacionado con el papel que jugaron los submarinos en la contienda. De hecho, la película abordaba la tesis de la novela homónima según la cual los tripulantes de los sumergibles alemanes fueron otra de las víctimas del III Reich, enviados a una muerte segura (perecieron más del 60% de los marinos adscritos a los famosos U-boats).  El autor del libro, Lothar-Günter Buchheim había participado en una patrulla en un submarino de la clase U-96, el mismo en el que el de la película, pero realizó una importante actividad al servicio de la propaganda del Krigsmarine, por lo que obtendría la Cruz de Hierro e incluso  uno de sus libros fue prologado por el mismísimo almirante Doenitz.

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