Teorema: Cien años de Pasolini.

Pasolini nació hace justo cien años y parte de su vida transcurrió no muy lejos de donde le mataron, en un descampado cerca del puerto de Ostia en Roma. De hecho, ese lugar le sirvió de escenario para una de sus grandes pasiones –el fútbol- y existen curiosas anécdotas vinculadas con este deporte. Durante la filmación en Parma de uno de sus proyectos más controvertidos y difíciles: “Saló o los 120 días de Sodoma”, al cineasta se le veía tan triste en todo momento. A quienes trabajan con él se le ocurrió una forma de subir el ánimo al director: organizar un partido de fútbol con el equipo de rodaje de “Novecento” que casualmente estaba rodando a pocos kilómetros de allí. Los fastos se llevaron a cabo en el estadio Ennio Tardini de Parma y al final los chicos de Pasolini salieron derrotados por 5-2 contra los de Bertolucci y el malhumor del cineasta no hizo otra cosa que empeorar.

Su espantoso asesinato en 1975,  pocos meses después de aquella anécdota, hace casi cincuenta años, fue seguido de la liberación póstuma de su escandalosa “Saló”. Aún perdura la controversia de  si fue una emboscada homofóbica o política, o ambas, pero lo cierto es que hubo varios tipos de Pasolini: el pensador marxista, el futbolista, el poeta y el cineasta. Filmó 12 películas en 14 años, comenzando en el Neorrealismo. Sus historias sobre prostitutas y chicos de la calle (como por ejemplo, “Accattone” de 1961) no eran muy distintas de “Los olvidados” de Buñuel o “El ladrón de bicicletas” de Vittorio de Sica. Pero llegó 1968 y apareció una inclasificable producción cinematográfica: “Teorema”. Película que a falta de diálogo (solo se oyen 932 palabras) se apoya en el encuadre y en el lenguaje corporal para contarnos unas perturbadoras ideas: ¿es preferible el suicidio o la locura a una mente esclavizada? Una mente que Pasolini considera atada a la religión, al materialismo o al sexo.

Algunos dirán que “Teorema” trata sobre Jesucristo. De hecho esa sería una idea apoyada durante mucho tiempo e incluso llegó a ganar el premio del Jurado Católico dentro del Festival de Venecia; premio que por supuesto no fue reconocido por el Vaticano. Otros muchos dirán que es una reflexión contra la burguesía y de hecho se hace la siguiente reflexión en voz alta: “¿todo lo que hacen los burgueses está mal?”.  Y otros dirán que es una historia erótica, teniendo en cuenta que muchas de sus películas tienen un fuerte componente sexual. Lo cierto es que a día de hoy seguimos sin comprender el más extraño y brillante de sus trabajos y mi objetivo no será otro que un acto de contención. Ciertamente es un ejercicio metafórico bastante enigmático pero a veces el cine (como el arte) puede representarse de forma que no sea fácilmente comprensible. En los años sesenta se filmaron películas que planteaban más preguntas que certezas. ¿Quiénes le dieron el premio al Jurado Católico la entendieron? ¿Qué pensaría el espectador de “2001, una odisea en el espacio” (Kubrick, 1968), filmada el mismo año que “Teorema”?

Pier Paolo Pasolini sería un cineasta, poeta, periodista y guionista (escribió el libreto de “Noches de Cabiria” para su amigo Fellini) de ideología marxista y que sin embargo filmó la mejor película sobre la vida de Cristo (“El evangelio según San Mateo”), cuatro años antes.

-¿Quién es ese chico?

Podría haber lazos en común con aquella película, otro objeto de curiosidad y misterio representado en un personaje vestido de blanco, obsesionando a todos aquellos con los que se iba encontrando,  incluso después de su desaparición. Una película abierta a muchas interpretaciones, pero en su nivel más básico es la llegada de un extraño a la casa de un industrial milanés en el momento de crisis existencial de la familia. Interpretado por un Terence Stamp de ojos azules y aspecto despeinado, este extraño  irá llamando la atención de cada uno de ellos, desde  la joven Odetta y de su madre, Lucía (Silvana Magnano) a la sirvienta. Su repentina llegada a aquella palaciega vivienda aparecía acompañada de una especie de anunciación bíblica con un cartero, Angelino (Ninetto Davoli, actor fetiche de Pasolini) y su misterioso y breve mensaje: “llego mañana”.

Los cuarenta primeros minutos serán los más digeribles de toda la película: el misterioso huésped se irá acostando con cada uno de los miembros de esa casa, a los que encuentra en su propia destrucción vital. Pongamos el ejemplo de la criada. No mucho después de los créditos de apertura, una mujer retira unas hojas caídas en el césped. Se trata de la sirvienta de una majestuosa casa de Milán obsesionada por el forastero que fume y lee, tranquilamente. La criada empieza a sentir una atracción sexual cada vez más debilitante y en un momento dado se apresura a llegar a la cocina para besar unos iconos religiosos y así reprenderse así mismo de sus pensamientos lujuriosos. La mujer regresará a su labor para ser de nuevo tentada por el visitante. El rostro del joven le recuerda tanto a una representación religiosa de Cristo o de un santo que el deseo espiritual es demasiado para ella y decide quitarse la vida pero a segundos antes de morir, es rescatado por el huésped que la llevará a la cama.

Como decimos, los personajes quedan tan marcados por la visita del extraño que una vez que se halla marchado, queda en ellos una huella indeleble. Odetta (Anna Wiazemsky), por ejemplo, quedará en un estado de shock por el recuerdo del placer, y peor estará su madre, Lucia, con ese rostro tan definido por su maquillaje, buscando por todo Milán a jóvenes que se pareciesen al visitante para seducirlos, o su padre, Paolo, que se irá desnudando para luego dar unos gritos e incluso llega a entregar su fábrica a sus trabajadores en un acto de demencia.

Seguramente los tabúes sobre Pasolini estén pasados de moda hoy en día, pero el mensaje aparece en muchas otras películas. Se trata del vacío personal que hay detrás de muchas fachadas culturales y emocionales y que solemos amortiguar en nuestros deseos; de una forma u otra, lo encontramos en “Visitor Q” (Takashi Miike, 2002); en “The Guest” (Adam Wingard, 2014) e incluso en “¿Conoces a Joe Black?” (Martin Brest, 1998), la más conocida de las tres.

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