Muerte en el Nilo. Una artificiosa  y hollywoodiense adaptación de Agatha Christie.

Muerte en el Nilo” es el último ejemplo de esas historias policiacas en donde se sitúa un cadáver en medio de un plantel de celebridades para que el detective carismático de turno lo resuelva. Agatha Christie había dado una fórmula para muchos de sus elaborados misterios: un espacio único y cerrado (hoteles, trenes, barcos) y un microcosmos compuesto por lo más granado y aristocrático de la sociedad, donde todos sean sospechosos.  Eran historias de crímenes acompañadas de unas psicologías muy trabajadas y de unas actitudes muy británicas: Flema, elegancia y buenos modelos. Las versiones para el cine y la televisión se han caracterizado por la fidelidad al material de partida. Ahí están, por ejemplo, el “Asesinato en el Orient Express” de Sidney Lumet (1974), “Muerte en el Nilo” de John Guillermin (1978), o la maravillosa serie protagonizada por David Suchet, en opinión de este cronista, la mejor interpretación de Hércules Poirot.  Pero Kenneth Branagh quiso romper el molde; lo hizo con su juguetona versión de “Asesinato en el Orient Express” (2015), y llevó esa misma fórmula al extremo con “Muerte en el Nilo” (2022).

Creo que es la tercera vez que vemos al deslumbrante elenco tan bien enjoyado y vestido, entre el champán espumoso y las resplandecientes cubiertas de madera del vapor Karnak. Un crimen en medio de un turbio romance con infidelidades incluidas, que podría haberse inspirado en la experiencia de la propia escritora cuando su marido –Archie Christie- la abandonó por otra mujer.  Todo esto además, con el lujoso decorado del Próximo Oriente en donde Agatha Christie ambientó algunas de sus historias, un lugar que idealizó en el que conoció a un arqueólogo que sería su segundo marido.

Hércules Poirot es uno de esos personajes literarios como Sherlock Holmes, James Bond o el Quijote cuya imagen resplandece en el imaginario colectivo. Se trata de un detective belga con una figura muy distintiva: un pequeño hombre pintoresco y elegante de apenas 5 pies y 4 pulgadas –en torno a 1, 65 m- y con el vello facial más famoso de la historia: un bigote rizado hacia arriba.

Entiendo que el cine sea evolución y que necesite una visión distinta a la hora de enfrentarse al espectador actual, sobre todo cuando la televisión ya ofrece una muy digna adaptación de las novelas. Y acertaría al dar a la historia una perspectiva más moderna: se cambian algunas de las razas y se cuestionan las actitudes de la época. Pero traiciona la esencia cuando pretende reservarse al papel principal para luego situarlo en las antípodas del personaje. Y no solo me refiero a la descripción física con un alter ego muy alejado del canon, sino que lo convierte en un personaje de acción. Una absoluta traición. Y llega al despropósito de contarnos en un flashback el origen de su particular bigote. Desde Peter Ustinov a David Suchet han lucido unos tocados faciales delicadamente recortados y encerados, el de Branagh es un absoluto tsunami.

Keneth Branagh está dispuesto a convertirse en un cineasta de gran prestigio, alejándose de las normas estandarizadas a partir de trucos visuales sobrecargados, pero mientras ese viaje por los estrechos pasillos del Orient Express nos resultaba una experiencia simpática, los amplios espacios de su nueva localización hace que ésta tan deslumbrante en lo visual que casi roza lo artificioso para contarnos una historia aún más enrevesada que la anterior.

Un blockbuster de autor.

Nadie pone en duda que su cine es grandilocuente. Está lleno de grandes movimientos de cámara, planos picados, travellings, flackbacks y un histriónico estilo visual. Y aunque su  principal predilección haya sido William Shakespeare, su experiencia en el terreno de las adaptaciones es variada, realizando hasta la fecha catorce versiones de la literatura en imágenes. Eso sí su mejor adaptación sigue siendo su vivísima y original “Hamlet” (1996), pero más allá de una duración de más 4 horas, no todos comprendieron esa opción estética que reunía clasicismo y modernidad, como tampoco entendieron su particular visión de Frankenstein o su remake de “La huella”.

Es evidente que Kenneth Branagh conoce su oficio. Sabe cómo planificar una escena, cómo hacer mover una cámara y dirigir a los actores (de hecho, el es actor), pero comprender los mecanismos del cine y haberlos puesto en práctica en diecinueve ocasiones como director no demuestra el talento y se le sitúa como un pretencioso artesano. Muchas de sus películas cuentan con un opulento desfile de planos que embarulla y distrae más que conseguir crear una atmósfera adecuada para sus historias y no sabe sacar la punta adecuada de sus repartos corales, como sucede en “Muerte en el Nilo” que ni tienen carisma ni saben muy bien a dónde dirigirse.

Como director, el británico es muy ecléctico que bien te sirve una adaptación de Shakespeare como una de Marvel, intentando hacer suyo un estilo que podría bautizarse como “BLOCKBUSTER DE AUTOR”. “Muerte en el Nilo” sería paradigmática en este sentido. Este estilo consistiría en reunir en una película el espíritu clasicista de la versión de Lumet, por ejemplo, con los elementos del cine contemporáneo (vanguardia técnica y narrativa). Esta recreación moderna del género “whodounnit” (“quién lo hizo”) funcionó muy bien en  “Puñales por la espalda” (Rian Jhonson, 2019), pero no tanto en las dos películas de Branagh. Es curioso que hace unos cuarenta y tantos años, se rodase la película en el propio suelo egipcio, para ahora trasladarnos a una producción absolutamente de estudio. Una versión muy Hollywood donde se nota hasta el último céntimo invertido y donde todo resplandece con una deliciosa luminosidad. Más que Egipto parece el Rivendel del Señor de los Anillos. Una estampa más que turística es idealizada hasta lo artificioso.Un mundo que como decimos solo puede existir en Hollywood.

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