El poder del perro. Un western diferente producido por Netflix.

Estamos en una época extraña en la que Hollywood demuestra ser una industria acomodaticia y conservadora que busca el éxito (lo que se refiere a la taquilla) a partir de una creatividad raquítica, con una constante sensación de deja vú. Cada vez hay más remakes, incluso entre las vacas sagradas más creativas, léase Spielberg, por ejemplo, y cada vez las franquicias se multiplican como Gremlims en una piscina del inserso. De ahí que propuestas como la de “El poder del perro” sea un sorpresón en toda regla y por partida doble: no solamente reinventa los códigos de un género cinematográfico tan manido como el western sino que viene de la mano de  un nombre que podría hacer historia en el cine: la neozelandesa Jane Campion.

Campion, para que la situéis en el mapa, fue la ganadora del Oscar por El piano (1993), la primera mujer que lograba la estatuilla de Mejor Directora, y con su nueva película podría conquistar el Olimpo de Hollywood. Hay un poco de tragedia al estilo de Ibsen en esta historia –en esa escena en la George invita a sus padres y a unos amigos a una cena de gala y la pobre de Rose es incapaz de tocar el piano-; también hay mucho de “Gigante” (George Steven) e incluso guiños a su propia filmografía que hará las delicias entre los amantes del cine de Jane Campion, por ese piano –tótem de la alta cultura- que se lleva a un lugar incivilizado.

Nos situamos en la década de 1920 en Montana. Dos hermanos, que están enfrentados, intentan hacer rentable un rancho. Uno de ellos es carismático y solitario, Phil Burbank (Benedict Cumberbach) mientras que el otro, George (Jesse Plemons) finge llevar un estilo de vida elegante al mismo tiempo que aspira a un estatus social más elevado. Ambos dependen parasitariamente del otro, mientras que el trabajo duro recae en Phil cuyo oficio lo aprendió del difundo “Bronco” Henry, un ranchero al que idolatra con el que mantuvo una relación homosexual. George por su parte se casa con una viuda del pueblo, Rose (una fabulosa Kristen Dunst) la gerente del café, que vive junto a su hijo, Peter, un sensible adolescente que le gusta adornar las mesas del restaurante con flores de papel.

Pero Rose está frustrada. El personaje de Benedict Cumberbach les humilla constantemente tanto a su hijo como a ella, mientras que esta antigua pianista al servicio de un primitivo cine, pretende dominar la famosa Marcha Radeztky  de Strauss al piano sin conseguirlo. Para mayor frustración, su malvado cuñado Phil tiene más éxito interpretándolo con el banjo, un instrumento de cinco cuerdas que representaría la cultura popular y que nunca ha sonado tan bien en una película desde los tiempos de “Deliverance” (John Boorman).

Una sensibilidad femenina de la historia.

Lo cierto es que hay una extraña y sensual perspectiva, llamémosla femenina, en esta cineasta. La vimos en la acaricia musical de “El piano” o en las sacudidas del neo- noir en “In the cut”, conocida en estas latitudes como “En carne viva”. En esta ocasión, la vemos en el enfrentamiento entre los buenos modales- representados en Rose y George- y la barbarie – de los rancheros-. Un enfrentamiento que habremos visto muchas veces en el cine, desde “Gigante” a “Horizontes de grandeza”, aunque nunca como nos lo muestra Jane Campion.

Esto se observa en otros detalles, por ejemplo en la fotografía. Conozco pocos cameraman que sean mujeres y mucho menos que trabajen a ese nivel, de ahí que la australiana Ari Wegner sea una meritoria excepción en toda regla. Ambas ya habían colaborado juntas en una campaña publicitaria para un banco australiano en 2015 y pasados los años volvieron a encontrarse  en un supermercado haciendo la compra de Navidad cuando ambas se enamoraron del proyecto en que iban a embarcarse junto al diseñador de producción Grant Major (el responsable de la trilogía de “El Señor de los Anillos”).  En el centro de esta historia situamos un rancho, localizado en medio de un desierto de modo que se pudiera filmar en 360º sin que el mundo real influyese en su encuadre. Eso sí, con la presencia de una montaña que sirviese de telón de fondo. Mientras que vemos una fotografía clásica, sin adornos, y con tonos cromáticos marrones, en donde destacan  muchos planos tomados a contraluz con puertas abiertas. Y mucha luz natural.

El poder del perro”  será un título difícil de comprender si no se ha llegado a la siguiente observación: el “poder” de esta película reside en los subtextos, los matices que no se explican de forma explícita pero que están presentes en la narrativa del film. Haciéndose del “poder del perro” un par de alusiones, el que se observa en las montañas y sobre todo en el versículo de la Biblia que lee Peter justo al final, el Salmo 22,20: “libra de mi alma, la espada. Mi vida, del poder del perro”. Una historia de masculinidad tóxica más que de homosexualidad reprimida, pero también una historia de venganza, una que toma la homosexualidad del personaje de Phil para trazar una de las venganzas más sutiles de los últimos años, apenas perceptible si no prestas mucha atención. Tomemos estos detalles: Los estudios de medicina de Peter, la cuerda que va preparando Philip, la venta de las pieles, la vaca muerta, la piel extendida del animal, los guantes de Peter y las referencias al carbunco.

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