El callejón de las almas perdidas. La feria de las pesadillas.

Hollywood no debe pasar por un buen momento. Las producciones más espectaculares vienen de la mano de sugerentes remakes que ponen al día meritorias películas clásicas y que sin embargo fallan en la taquilla; mientras que las más taquilleras son parte de franquicias de superhéroes. Unos costosos Big Macs, si me permite la comparación, con un cocinado mediocre pero un deslumbrante envoltorio, fabricado en serie. Sería el cine-industria por el que apuesta Hollywood en los últimos años.  Y si hace unas pocas semanas comentábamos la nueva versión de West Side Story, ahora hacemos lo propio con un clásico del cine negro, algo desconocido para el gran público. De hecho, le vuelve a pasar lo mismo que a Spielberg. Un espectacular envoltorio y una producción mucho más vistosa que la original pero la sofisticación y la mayor complejidad de la trama hacen que la simpleza de líneas de la película original resulten más eficaces a la hora de contarnos la misma historia.

Basada en una novela escrita en 1946 por William Lindsay Gresham (llevada por primera vez a la pantalla por Edmund Goulding en 1947), Bradley Cooper es Stanton Carlislse, un estafador que escapando de su pasado se une a una feria itinerante, dirigida por un hombre sin escrúpulo y sin conciencia como Clem Hoately (Willem Dafoe). La representación de aquel entorno itinerante (un refugio para los inadaptados de la sociedad) es lo mejor de la película y donde Del Toro se siente como en casa. Esas escenas parecen proyectar la larga sombra del clásico Freaks (Tod Browning, 1932), sobre todo cuando la avaricia que supone la intrusión de Stanton rompe con la lealtad de sus personajes. Entre ellos, podríamos destacar Zeena la Vidente (Toni Collette), una espiritista cuyo número se basa en un elaborado código preparado junto a su marido alcohólico, Pete (David Strathairn) o la “chica eléctrica” Molly (Roony Mara), de quien se enamorará el protagonista, prometiéndole una vida mejor. Es entonces, cuando la pareja abandona la feria ambulante y se instala en Buffalo, Nueva York, donde Stanton conocerá a una psiquiatra Lilith Ritter (Cate Blanchett) que actúa como femme fatale.

El terror y el cine negro son dos compañeros de cama que comparten una misma ideología estética dentro de unas películas muy dispares. Pensemos en el cine negro de los años cuarenta y el terror de la RKO (Val Lewton), y concretando en el cine de Del Toro, entre la angustia existencial de su debut Cronos y este último descenso a los infiernos de sus personajes.

El hombre es el verdadero monstruo.

A pesar de proceder de un material ajeno hay más similitudes que diferencias con el resto de su filmografía. Es cierto que no encontramos el  elemento sobrenatural y de fábula, sin esa voz en off con las que suele presentar sus películas, pero el carácter de rareza de esos marginados sociales permanece intacto. Las vidas desarraigadas de esa feria ambulante, formada por gente sin raíces e inadaptadas, es el pretexto perfecto para que Guillermo del Toro retome su simpatía habitual por unos seres aberrantes con los que hace un alegato en favor de los marginados. En estos términos, los hombres serán los verdaderos monstruos.

Sin faunos, fantasmas o cucarachas de seis metros, Del Toro se fija en los horrores de una época concreta, con un año no casual (“un alemán que se parece a Chaplin acaba de invadir Polonia”) como si fuera el reverso tenebroso del Sueño Americano: pobreza, hambre, alcoholismo, desesperación.  Y con estos elementos, se trataría de una historia que no se centra tanto en los monstruos que nos rodea sino en los que tenemos en nuestro interior. El protagonista es un antihéroe que «nunca» bebe (Lilith Ritter se burlará del  significado apenas oculto de esa palabra), pero que parece estar permanentemente huyendo de su propia naturaleza bestial. Del Toro nos sitúa a uno de los actores más guapos de Hollywood incapaz de mirarse a sí mismo. El encantador buscavidas que no dirá nada durante los diez primeros minutos, dispuesto a aceptar cualquier trabajo a cambio de un plato de comida caliente. Pero la escena del prólogo, en la que arrastra un cadáver hasta los cimientos y quema una casa, nos demuestra que su personaje tiene más de un cadáver guardado en el armario.

Su personaje sería el reverso de ese engendro, un ser –medio hombre y medio bestia- convertido en la estrella de aquella feria itinerante y que nace de un coctel de pobreza, desesperación y alcoholismo. El engendro recuerda un poco a otros personajes de Del Toro. Desde ese Jesús Gris de “Cronos” –el chupador de sangre como símbolo de la adicción- a los vampiros de “The Strain”, la serie que produjo el cineasta mexicano. E igualmente, la drogadicción –tema recurrente en su cine- es la contrapartida de ese alcoholismo de la película.

Una atmósfera oscura y deslumbrante.

Es su cuarta colaboración con el danés Dan Laustsen, después de La cumbre escarlata, Mimic y La forma del agua (en la que obtuvo una nominación a los Oscars), pero también fue el responsable de la fotografía de Silent Hill, dentro del terror, y de la saga de John Wick. Ese ambiente oscuro y opresivo se empareja bastante con el estado de ánimo tanto de la historia como de sus personajes en donde hay pocas escenas diurnas e incluso ellas se encuentran nubladas, sin apenas existir un momento de sol en toda la película. Y lo cierto es que esta fotografía oscura de Laustsen combina perfectamente con el diseño de producción de Tamara Deverell, con esa feria desvencijada que ya habría visto sus mejores días, mucho, mucho tiempo atrás, y la ciudad de Buffalo, Nueva York, con ese estilo tan modernista caracterizado por los tonos verdes y amarillos y unos pasillos largos y estrechos. En este sentido, destacaría el ojo gigante que parpadea mecánicamente de una de las atracciones (elemento repetido en la película) y que recuerda a la decoración de los ojos que hiciese Dalí para la película “Recuerda” (Alfred Hithcock).

A la película le pasa lo mismo que a los espectáculos de aquella feria: son números apabullantes y misteriosos hasta que conoces los engranajes del truco; entonces pierden todo su interés. Las imágenes deslumbran con una estética arrolladora mientras que las distintas subtramas van perdiéndose en un guión deslavazado. De hecho, este es el elemento más débil. Pretende contarnos muchas cosas, con muchos personajes a sus espaldas y no sabe muy bien cerrar las distintas tramas que ha ido abriendo de forma que los cortes entre ellos parecen abruptos. Al comienzo de esta crónica nos referimos a Spielberg y la comparación no es casual. El primero es un gran cineasta que domina los elementos de la narrativa cinematográfica, mientras que Del Toro es un experto del fantástico que conoce los resortes del séptimo arte pero los maneja de una forma juguetona como si fuese un niño que acababa de descubrir su juguete favorito. La excesiva exhibición de pasión que hace gala en esta película juega en su contra. Esto explica, por ejemplo, que la parte visual sea deslumbrante y lo mejor de la película, pero igualmente un lastre (lo mismo que le sucedía con “La cumbre escarlata”).

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