Doctor Zhivago. Una balalaica para la Revolución.

Si hubiera escrito poesía como Pasternak, no hubiera hecho películas.

Andrei Tarkovski.

Tarkovski, hijo de poetas, admiraba a Boris Parternak. De hecho se cuenta como una anécdota la ocasión en el que  se le apareció a Tarkovski el fantasma del escritor, en una sesión de espiritismo, comentando el espectro lo siguiente: “solo harás siete películas, pero todas buenas”. Chascarrillos aparte, Pasternak fue uno de esos intelectuales rusos que se vieron obligados a exiliarse, logrando un gran reconocimiento internacional y con un inmenso novelón a sus espaldas, que le daría el Nobel de Literatura. Cuando el proyecto cayó a las manos de David Lean, el cineasta inglés venía de triunfar con “Lawrence de Arabia” y Carlo Ponti compró los derechos de la novela con la idea de convertir la película en el vehículo de lucimiento de su esposa, Sofía Loren. Huelga decir que David Lean se negó en rotundo que la italiana interpretase a Lara pero aceptó la libertad total y el presupuesto millonario en un momento en que el león de  la Metro Goldwin Mayer empezaba a hacer cada vez menos ruido. Lean fichó a Robert Bolt, el guionista de “Lawrence”, junto a “Un hombre para la eternidad” o «La hija de Ryan». Pero la película dejó helada a la crítica que la cargó con calificativos desde “fracaso vergonzoso”  a “una trama que avanza ruidosamente de la nada a la nada” e incluso dijeron que la música de Maurice Jarre era “tan repetitiva que mataría al compositor”.

La Rusia de comienzos del siglo XX es tan compleja que difícilmente podría dar pie a una historia definitiva –siempre habrá partes grises en la trama-, aunque David Lean se vuelca con una pasión que no aparecerá en ninguna otra película. Comienza de la mejor forma posible, con el entierro de la madre del niño Yuri, tras el cual nos muestra uno de esos elementos claves en la cultura de Rusia: la balalaica, instrumento que nunca abandonará la historia –incluída en una música que sí es repetitiva pero magistral-, que ningún personaje tocará en ningún momento de la película.

A lo largo de 200 minutos acompañamos la vida de Yuri Zhivago, el poeta y médico, desde que queda huérfano hasta su muerte, interpretado magníficamente por Omar Sharif, aunque su personaje nos resulta a veces desconcertante, mientras que nunca hemos visto tan hermosa a Julie Christie como Lara, en pantalla. Sin embargo, lo mejor serían las dos primeras horas. Hay escenas magistrales como la del tren que atraviesa una Rusia helada, con ese personaje del anarquista (interpretado por Klaus Kinski), mirando a una pareja de ancianos abrazados. «¡Yo soy el único hombre libre de este tren!» O la secuencia de la fiesta del compromiso entre Yuri y Tonya Gromicko (una jovencísima Geraldine Chaplin), en la que Lara dispara a Komaronski y mientras Zhivago le cura sus heridas, mantienen este diálogo que despertará el amor –por supuesto, adúltero- por ella.

-¿Qué le sucede a una chica como esa cuando un hombre como tú acaba con ella?

-¿Interesado?, te la cedo como regalo de boda.

Un aspecto a tener en cuenta es el reparto y la poca sintonía que muchos de ellos tuvieron con David Lean. El director, por ejemplo, lamentaría haber aceptado a Rod Steiger como el aristócrata amante de Lara, mientras que a Steiger por su parte siempre se le veía irritado por el exceso de dirección de Lean. De hecho, el cineasta inglés debía contener los impulsos del “actor del Método”, que insistía en insertar ideas propias en su actuación. Aún eso, Rod Steiger y Tom Courtenay ambos espléndidos, son los mejores intérpretes de la película; mejores que Alec Guinness o que el propio Omar Shariff. Steiger destaca como el inversor y sinvergüenza Victor Komaroksy que victimizará a Lara, mientras que Tom Courtenay es Pasha, el líder revolucionario y esposo de Lara.

Un cineasta con un estilo muy personal.

Los personajes característicos de Lean son soñadores  y visionarios,  que pretenden transformar el mundo de acuerdo con sus expectativas. De ahí que el defecto trágico de muchos de sus personajes sea el egocentrismo, hasta que la obsesión les lleve a formular una impresión errónea de algo que está claro para todos los demás. A pesar de la disciplina, ni sus compatriotas ni sus enemigos entienden el motivo que le lleva al coronel Nicholson (Alec Guinness)  construir el puente sobre el río Kwai.  Lawrence romantiza el desierto y Pasha Antipov romantiza la Revolución Rusa hasta convertirse en un sádico líder aislado en un tren blindado que atraviesa toda Rusia. Y de hecho, el peligro emocional de todos estos personajes es exactamente el mismo.

Otro elemento que vemos en David Lean es cómo construye sus películas –a través de los guionistas con los que trabaja mano a mano- para que muchas de sus historias estén contadas en largos flashback (los racconto). Una narrativa dirigida por el personaje central (Breve encuentro), el secundario (Doctor Zhivago) o una combinación de ambos (Lawrence de Arabia). A veces, busca en estos contextos narrativos, unas tomas que pueden intercalarse con los pensamientos o sensaciones de algún personaje, como sucede en la escena del tranvía cuando Zhivago se roza con Lara, su futura amante, nada más comenzar la película.  Otras veces es la imagen del estado de ánimo de un personaje lo que revela el suceso que está contemplando. La carga de la caballería sobre los manifestantes queda en segundo plano y lo que David Lean nos muestra es el lento movimiento de la cámara para revelar el horro en los rostros de sus actores.

La película es un ejemplo de soberbia artesanía de ese Hollywood clásico al servicio de un drama histórico, envuelto por el romance y la épica. Con unos cuidadosos detalles como las escenas de multitudes, en la que el niño Yuri observa las ramas del árbol golpear el ventanuco – plano que su admirado Spielberg homenajearía en «La Guerra de los Mundos» o esa transición de los cristales de la nieve que se funden en flores para mostrarnos el paso de las estaciones. Pocas veces se ha representado mejor el frío que en esta película, teniendo en cuenta que esas escenas se rodaron en España, entre Madrid y Soria- en pleno verano, especialmente caluroso-  (se pulverizó mármol de una cantera y se extendió sobre un plástico situado en los campos).  Todo eso, concluyendo con uno de los clímax propios de los amores imposibles; si Lara y Yuri hubieran terminado juntos, no hubiera funcionado igual. La mayoría de las películas con unos románticos finales felices tienden a desaparecer de la memoria del espectador con la misma facilidad que sobresalen las historias de amor condenadas al fracaso. Recordemos Casablanca, De aquí a la eternidad, West Side Story, Lo que el viento se llevó, Titanic e incluso El Padrino.

Doctor Zhivago” – que ganó 5 Oscars (Fotografía, guión, vestuario, decorados y música)- curiosamente perdió el de Mejor Película y Mejor Director a favor de Robert Wise –de moda en estos días-  que en ese 1965 venía con otro de sus musicales más famosos : Sonrisas y lágrimas (The Sound of Music). Nos quedamos, al final con ese inmenso trabajo de Freddy Young y David Lean, formando un equipo tan bueno que  la fotografía llega a realzar la película. De hecho, aparte de la soberbia imagen de los paisajes rusos, la gran beneficiada fue Julie Christie que jamás apareció tan bella en pantalla. El camarógrafo logró que pareciese un ángel.

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