West side story. Una películla técnicamente impecable pero sin alma.

¿“Realmente” Hollywood necesitaba otro “West side story”, clásico que ha dado lugar a infinidades de reinventaciones y versiones de todo tipo desde que se Jerome Robbins lo estrenase en Broadway en 1954? Por supuesto que no, o esa era mi opinión antes de ver la película. Alguien que había crecido con la versión de 1961, de Natalie Wood y Richard Beymar, y que incluso había participado en alguna recreación escolar, era muy escéptico. Y Spielberg ha dado con la clave, pero a medias.

La historia tiene lugar en Nueva York, por supuesto, en torno a 1960, entre San Juan Hill y Lincoln Square. En ese momento, gran parte del barrio está siendo demolido con tal construir el moderno Lincoln Center. Una toma cenital de apertura, acompañada de un plano secuencia, muestra un paisaje lleno de escombros dominado por una valla publicitaria que anuncia: “LIMPIEZA DE TUGURIOS”.  Una amenazante bola de demolición cuelga con un sentido completamente simbólico: al igual que los años cincuenta supusieron una transformación para el país, los personajes de esta historia deberán construirse sus propias vidas. También puede entenderse como el final de una era que se pierde y que se pretende rescatar del olvido. Pero de las distintas formas con las que Spielberg la podría haber abordado, creemos que elige la mejor… ¿si el film de 1961 era “perfecta” en 2021 por qué cambiarlo? Es curioso que, en este año en el que la industria del cine se ha resentido de la pandemia, Hollywood sobreviva gracias a unas potentes dosis de nostalgia. Este sector tan conservador hace suya una frase atribuida a Alfred Hitchcock: cuando no sepas qué hacer “tira de plantilla”. Y lo cierto es que en una época en la que el musical vive un dorado revival (La la land, Los miserables), el West side Story 2. 0 de Steven Spielberg es un ejercicio de adoración de los antepasados. No es un remake que copia plano a plano el original, ni tampoco es la versión que toma los elementos principales para hacer una película completamente nueva. Spielberg –que nunca filmó nada en este género (la idea inicial de “1942” era un musical)- tiene un sentido de la música muy cinematográfica en sus películas y cuenta con coreografías como la escena inicial de Indiana Jones y el templo maldito.

La letra y la música del West side story original perviven en este remake (no, su espíritu, magia o como queramos llamarlo), cambiando únicamente algunos detalles con tal de evitar los estereotipos del guión original y para modificar ubicaciones y contextos. Por ejemplo, el “I Feel Pretty” de María no se sitúa en un taller de ropa de novias sino en unos grandes almacenes en donde trabaja como limpiadora en el turno de noche. El joven Tony (Ansel Elgort) acaba de salir de prisión y se queda en la droguería de Doc, o mejor dicho, de Valentina, la viuda del difunto Doc interpretada por Rita Morena (Anita en la original) y que sería el ejemplo romántico a seguir: el de un amor anglo-latino. Algunos de estos cambios, evidentemente mejoran gracias a la inmensa habilidad cinematográfica de Spielberg, que la hace más fluida. Por poner un detalle, el tema de “América” se traslada de una azotea de noche a la calle, por el día: para celebrar la vida de un vecindario que seguramente desaparezca. El coreógrafo, Justin Peck, da el Do de pecho en esta escena asombrosa.  Pero otros momentos resultan algo más acartonados. En la película de 1961, Tony va a visitar a María al trabajo –fuera de su horario- y con la ayuda de una serie de maniquíes simulan un encuentro con las familias y una boda simulada, gracias a la sencillez de un movimiento de cámara que convertía una tienda en una iglesia. Ahora nos trasladamos a lo evidente, a las vidrieras de una capilla.  

Otras veces, la nueva versión añade una historia de fondo que no existía en la original con tal de dar más profundidad a los personajes. En la de 1961, María acababa de llegar de Puerto Rico para un matrimonio arreglado con Chino; mientras que ahora parece llegar a la ciudad después de haber cuidado de su padre (se insinúa que murió) y, en una sola línea de diálogo, expresa su deseo de ir a la Universidad. Bernardo es ahora un boxeador que comienza su carrera; mientras que Chino tiene ahora más presencia que en el original. Pero a efectos prácticos, estos detalles no aportan nada.  

Cinematográficamente hablando, esta versión es superior. Tiene un uso de los colores de que le da un aspecto clásico a la película y utiliza un trabajo creativo de la cámara para construir una serie de planos que son un placer a la vista. Desde vertiginosos barridos a tomas de seguimiento, planos cenitales, movimientos de cámara de 180º y muchísimos planos de grúa y planos secuencias. Pero estas virguerías visuales a veces no cumplen con la función que se espera de la escena: en ocasiones, la sencillez de Wise resulta más efectiva.  

La nueva versión falla en el doblaje. Esta película pierde muchísimo porque hay mucho diálogo en español, en el original, perdiendo esos matices. Un angloparlante que desconozca el español no necesitaría comprender las emociones de esa escena debido a la habilidad de Spielberg como narrador visual, pero la uniformidad de idioma (en español) lastra algunas secuencias.

La química de Tony y María destacan por su ausencia. Rachel Zegler (María) canta sus propias canciones pero Spielberg la dirige como una Princesa Disney; sus expresiones faciales no me terminan de convencer y  en su relación con Tony, parece que el mantiene una posición casi paternal. Por descontado que Natalie Wood y Richard Beymer (los originales) no fueron un derroche de chispa ni Robert Wise el director más audaz de Hollywood, pero encontraba soluciones inspiradoras que a Spielberg le falta. Por ejemplo, el encuentro de Tony y María en el gimnasio está mejor representado en el original, por muchas piruetas visuales que tenga la nueva versión. En la de Wise, el gimnasio se desenfoca para dar el efecto de “visión de túnel” entre ambos, mientras que en la de Spielberg lo presenta con un efecto parecido al de Wong kar Wai en “Chunking Espress”, para luego llevar a la pareja detrás de la grada que terminan “bailando” aunque de forma ridícula. Y la Rita Moreno original se come a la Anita Debose (Anita); de ahí que obtuviese el Oscar.

En definitiva, una película muy NOTABLE y espectacular, pero sin el carisma y la magia del original.

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