Los personajes fatales de John Huston.

Los personajes a la deriva, sin comprensión, cuyas vidas aparecen apocadas al fracaso casi desde el comienzo es una de las claves para entender la filmografía de este grande del séptimo arte. De hecho, John Huston siempre mostró una especial predilección por las historias en las que la dignidad personal era la única justificación vital que les quedaba a sus desencantados y perdedores personajes. El cine y la literatura han sentido un apego por los derrotados. Esquilo lo expresaba así, en su obra Agamenón: “Solo a aquel que ha sufrido se le da la capacidad de comprender”.

Huston supo sacar de lo mejor de estas letras, el espíritu del derrotado, de sus adaptaciones de Melville, Stephane Crane, Hemmingway, Tennesse Williams, CS Forester o Rudyard Kipling. De este último autor surgió una de las grandes películas del cineasta y la que mejor define el destino -siempre trágico- de  unos pícaros en busca de una mejor vida. El hombre que pudo reinar. “No somos dioses, pero somos ingleses, que es casi lo mismo”. Pocas frases como ésta definían la política del Imperialismo inglés del siglo XIX, pero del mismo modo, pocas definiciones encerraban una mayor ironía. Quienes así se describen eran unos pillos redomados, Danny Drabot (Sean Connery) y Peachy Carnehan (Michael Caine), quienes al servicio de Su Majestad, en La India, habían sido ladrones, estafadores o todo aquellos que les permitieran sobrevivir. E incluso, reyes.

– Vamos a ser reyes, reyes de Kazijistán.

El ambiente de fatalidad en que se mueven sus historias tiene un punto en común, la ambición. Es el deseo, siempre frustrado, por la búsqueda de dinero, alguna joya, venganza o un legendario tesoro en forma de halcón, “del material del que están hechos los sueños”. De corte shakesperiano, El Halcón maltés evocaba la avaricia que siempre acababa trágicamente.

– Tendrá suerte si te echan cadena perpetua, eso significaría para toda la vida. Te estaré esperando. Si te ahorcan, te recordaré siempre.

Ese ambiente de fatalidad de estos personajes ya estaban presentes en sus trabajos como guionista, anticipo de su gran Sam Spade cómo ese héroe romántico y fatalista. Sirva como ejemplo, esa obra maestra a cargo de Raoul Walsh que fue El último refugio, con un Humphrey Bogart anterior a El Halcón maltés. Pero su estilo lo definió, como nadie, en sus películas como director: El tesoro de Sierra Madre.

– Vaya broma nos ha gastado Dios, la naturaleza, el destino o como quiera llamarlo.

O ese Charly Allnut, a bordo del más desvencijado barco que puedas imaginar en una aventura irónica e ingeniosa como “La reina de África”.  O aquel retrato de la obsesión que fue Moby Dick, con un grandioso Gregory Peck, interpretando a uno de los grandes mitos de la literatura el Capitán Acab.

Perdedores también fueron los protagonistas de ese extraño western llamado Vidas rebeldes, filme que estaría marcado por la propia fatalidad del director por ser el último trabajo de sus dos actores: Carl Gable y Marilyn Monroe, además de coincidir con la muerte de Arthur Miller, el autor del  texto original. ¿Y no encierra algo de ironía que la última película de Huston se titulase Los muertos?

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