Érase una vez Hollywood: Otra fantasía de redención bajo el soleado cielo de California.

En “Malditos Bastardos”, una joven judía lograba llevar a cabo su venganza, encerrando a los jerarcas nazis en un cine mientras visionaban una película de propaganda bélica. La broma parece clara: el cine es un material letal. El fuego llega igualmente a “Once Upon a Time… in Hollywood”, la última fantasía histórica de Tarantino, con otro incendiario escenario.

Estamos ante su noveno film, estrenado en el festival de Cannes en una fecha simbólica para Tarantino, 25 años después de que “Pulp Fiction” lograse la Palma de Oro. Nos situamos en 1969, un año no exento de controversia. Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) es un actor en horas bajas que una vez se hizo muy popular gracias al western  Bounty Law, una serie de los 50, aunque ahora sobrevive con pequeños papeles. Su vida trascurre en paralelo a la de Cliff Booth (Brad Pitt), su mejor –y único- amigo; un especialista que trabaja como su doble en las escenas de acción, mientras se somete al juicio público de un suceso del pasado, que no vamos a desvelar.

Mientras toma una copa en Musso, el productor Marvin (Al Pacino) le intenta convencer de que su carrera está entrando en vía muerta si continúa interpretando a villanos como estrellas invitadas y que debería dar el salto a los spaguettis western en Italia. Es entonces, cuando Tarantino nos hace una importante revelación: nos muestra el letrero de una calle bien visible: Cielo Drive, un lugar notorio en la historia de Los Ángeles. Rick es vecino de una particular pareja de cine: Roman Polanski y su esposa Sharon Tate (Margot Robie).

Tarantino visita Hollywood.

Cantaba Ray Davies en “Celuloid Heroes” (1972), a las estrellas que brillan en las aceras de Hollywood Boulevard, y en nuestro imaginario cinematográfico, pero en la particular visión del mundo, Tarantino destaca los antihéroes. Quizás el más “mainstraim” de los cineastas de autor, vuelve a su mirada a un terreno que ha visitado en muchas ocasiones, aunque siempre de forma tangencial. El séptimo arte y la televisión  siempre han estado presentes en sus películas –diálogos, referencias visuales, secuencias calcadas- pero nunca había explorado los trasteros del mundo del espectáculo como en esta ocasión.

El cineasta de Knoxville logra un gran trabajo de producción, rescatando lugares desaparecidos como el Van Nuys Drive-in, las marquesinas de Hollywood Boulevard, el Cinerama Dome o el famoso Taco  Bell; y recupera muchos programas de la época. En este film, Tarantino deja en un lugar secundario la violencia exagerada, marca de la casa, y sus característicos diálogos, en donde los personajes actúan como portavoces del conocimiento enciclopédico del director. Más allá de la impresionante química lograda por los dos protagonistas (DiCaprio-Pitt), Margot Robie es –bajo la opinión de este cronista- quien mejor interpreta en la película, siendo su Sharon Tate  la antítesis del prototipo de Tarantino: apenas cuenta con líneas de diálogo y eso porque el director no lo ve tanto como un personaje sino como una idea –la representación del feliz optimismo de Hollywood-.

Lo mejor de la película es su música, una excelente banda sonora escogida por Tarantino; algunas escenas conduciendo, sobre todo las de Cliff  y Polanski, y el séptimo arte visto desde la nostalgia redentora. Sin embargo, el guión es lo más flojo, junto con la caricatura que hace de los hippys. El film está construido a base de hilar secuencias, de hecho, el director no se ha preocupado en contarnos una historia sino representar una pequeña parte de lo que fue Hollywood. Cameos de estrellas conocidas como Steve McQueen o Bruce Lee, que cuenta con una interesante secuencia; referencias al spaguetti-western (Sergio Corbucci, Joaquín Romero Marchent) y un final vibrante –marca de la casa-. Nos quedamos  con la soberbia e impactante  fantasía de redención de aquella tristemente famosa matanza de los Mason, por la que muchos de los espectadores se dividirán a causa del espectacular y provocativo final que ha pensado Tarantino para su película. Un título que logrará por sí solo la categoría de obra maestra, irregular y desmedida como suelen ser los trabajos del director.

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