Dos en la carretera, el cine más experimental de Stanley Donen.

-¿Quiénes no tienen nada que decirse?

-Los matrimonios.

Imagínese que la trilogía de Richard Linklater -“Before” / “Antes”-  se fusionara en una única película; tendríamos “Dos en la carretera” (Stanley Donen, 1967). Un lúcido análisis del matrimonio a través de un viaje por el sur de Francia en donde se conocerán, se enamorarán y sufrirán sus altibajos emocionales. Donen, que habría dirigido musicales como “Cantando bajo la lluvia” se alejó de su característico cine optimista por otro a medio camino entre la Nouvelle Vague francesa y el cine modernista británico de los años sesenta. Nunca una película tan triste fue rodada de una forma tan luminosa.

Bienvenido a una de las comedias más divertidas y tristes sobre ese largo camino que supone cualquier matrimonio, con Audrey Herburt y Albert Finney como glamurosos guías. Todo ello a través de uno (o varios viajes); Donen no se ajusta a las reglas de un género sino que fragmenta la vida de sus protagonistas para que se fuesen intercalando situaciones dulces y desgarradoras.

Un montaje brillante.

Esta película –que podría entenderse como “revolucionaria”- lo es solo en cuestión del montaje. De hecho no se sintió como el grito de rebelión “épater le bourgousie” de otras películas famosas de ese año -1967- como “Bonnie & Clyde”, “El graduado”, “En el calor de la noche” o “¿Adivina quién viene a cenar esta noche?”. Eso sí, el aguijón del guión de Frederic Raphäel –nominado al Oscar- sería tan agudo como cualquier otro film de la época; normal, el mayo del 68 sólo estaría a un paso y eso se notó en el cine.

La película utiliza todo tipo de técnicas cinematográficas propias de los años sesenta como el zoom, la edición rápida, el fotograma congelado o los colores brillantes, pero lo más audaz del film es la forma de estructurar la historia conocida con el nombre (pretencioso, lo admito) de “anacronólogico”. Cuenta la relación de este matrimonio a través de una serie de viajes por el sur de Francia: el momento en que se conocieron, la feliz luna de miel o el viaje desastroso que realizaron junto a un matrimonio norteamericano, con una hija del Infierno.

Y lo hace estableciendo cinco períodos diferentes de la vida de la pareja, aunque mostrados de forma desordenados, pero si es cierto que es un desafío seguir el argumento –tal y como nos lo presenta Stanley Donen- también lo es que el director usa tantas señales que nos facilita seguir la historia sin problemas. Cada época está marcada por el automóvil que conducen, el estilo de ropa que usan; las gafas de sol de ella o el grado de riqueza que logra la pareja.

Pero, ¿cómo funciona este montaje?

Ninguno de de los cambios de la línea del tiempo se realiza al azar. El guión de Frederic Raphael sabe el lugar exacto al que saltar después de cada escena, y la forma en que Donen visualiza estos saltos indica que se planearon cuidadosamente en lugar de dejar esta tarea en la mesa de montaje. De hecho, la gran mayoría de cambios de una escena a otra se produce por un corte de coincidencia poco convencional. Este tipo de cortes toma la composición de un fotograma que imitará para crear una nueva escena: el ejemplo prototípico es el de “2001: A Space Odyssey”. Un simio lanza un hueso al aire cortándose en una nave espacial. Este tipo de cortes por coincidencia es lo característico del film de Stanley Donen.

Pongamos como ejemplo la escena del autoestop. En una secuencia vemos a los protagonistas hacer autoestop mientras un automóvil pasa junto a ellos. Luego hay un corte a un plano en el que vemos un coche que se acerca y el siguiente plano ya nos sitúa en el interior de otro vehículo en donde Mark y Joanna viajan, unos años más tarde. Luego, nos situamos en el mismo ángulo de cámara que la toma 1, con otra pareja haciendo autoestop en el mismo lugar de la carretera y con el coche de Mark y Joanna pasando junto a ellos.

Y ¿por qué diantres Stanley Donen escogió esta forma de narrar?

Muy simple: para que el viaje se vea de forma seguida, sin que termine nunca. Lo dijo el propio Donen en una entrevista: “todas las secuencias se consideraban el presente y se llevaba consigo desde el principio de su relación hasta el final”.  De hecho “Dos en la carretera” demuestra la capacidad de Donen a adaptarse a las tendencias cambiantes de la industria. Debemos volvernos a la Nouvelle Vague, en concreto a uno de sus cineastas que entendió el tiempo y el montaje de una forma revolucionaria. El drama de Donen –que salta en el tiempo- se empezó como un recuerdo (en la voz en off se escucha frases como “nunca olvidaré cuándo…” o “seguramente fuimos felices cuando…”). Funciona de una forma similar al viaje en el tiempo más literal de Claude Rich, el personaje de “Je t`aime, je t´aime” de Alain Resnais, estrenada el año siguiente.

Un improbable encuentro.

La película fue un improbable encuentro a cuatro bandas: un director habituado a los musicales con un guionista, ganador del Oscar por Darling de John Schlesinger y autor de otros célebres filmes como Eyes wide shut (que por cierto aún vive con sus 90 años); y la impetuosa estrella de Tom Jones y del free cinema junto a la actriz que personalizaba la elegancia de Hollywood y que normalmente solía trabajar con actores mucho mayores que ella –Fred Astaire, Cary Grant, Rex Harrison- en vez de un intérprete siete años más joven que ella como fue el caso de Albert Finney. Y sin embargo, la fórmula funcionó.  Stanley Donen tenía la habilidad suficiente para lograr que sus intérpretes saquen lo mejor de unos diálogos cáusticos de “Freddy” Raphael como los siguientes.

-No parecen muy felices.

-¿Por qué deberían parecerlos…? Se acaban de casar.

Herburt había trabajado tres veces con Stanley Donen y curiosamente Francia estaba presente en la historia de sus personajes. En primer lugar, En Una cara con ángel, es una joven idealista que anhela la cultura parisina; Charada se desarrolla en París y en Dos en la carretera, había estado tantas veces en Francia que quedó tan harta como lo estaba su marido.

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