Tú y yo: Un romance para recordar.

Leo McCarey firmó “Tú y yo” (Love Affaire) nada menos que en 1939, una de las mejores películas en  una de las grandes añadas del cine, junto a “La diligencia”, “Lo que el viento se llevó” y otros títulos imprescindibles. Aunque lo realmente llamativo de este cineasta fue lograr el mejor remake de sí mismo con una versión en 1957, ya en color, y los dos mismos guionistas que la primera, uno de ellos, Delmer Davies.  Proezas como esta rara vez se han visto, siendo el caso más conocido el de Alfred Hitchcock con “El hombre que sabía demasiado”.

Aunque no sea mi género favorito, cualquier ocasión es buena para sumergirnos en una historia de amor de las que asaltan los sentidos. Un conmovedor romance entre dos almas gemelas cuyo amor ni siquiera se ve truncado con la tragedia que los desgarraó y que nos trae a dos de los intérpretes más elegantes del Hollywood clásico: Cary Grant y Deborah Kerr. Aunque sea una película apegada una indulgente nostalgia, debido en gran parte al homenaje que recibió por parte de Nora Ephron en “Sleepless in Seattle” (1993).

Esta es una extraña deificación de un clásico: después de todo, hay melodramas románticos mucho más finos en el canon de Hollywood, comenzando con la propia versión original de McCarey de esta película. Sin embargo, el culto de “Algo para recordar” o “Tú y yo”, como prefieran llamarla, se alimenta de algo más que de la simple nostalgia. Para los cinéfilos, los finales de los años 50 supusieron  una etapa especial. El Hollywood clásico de los grandes estudios entraba en una fase agónica y una serie de grandes directores (incluidos Hawks, Ford, Borzage o Chaplin) produjeron cantos del cisne. En este sentido, la película de McCarey resulta triste, pausada y con un planteamiento cinematográfico algo estilizado, que recuerda a esta etapa de la historia del cine.

Mientras que el playboy Nickie Ferrante (Cary Grant) y la cantante Terry McKay (Deborah Kerr) se encuentran, bromean y coquetean a bordo de un crucero transatlántico, la historia revive la vitalidad cómica de las películas de McCarey de los años 30; de hecho, el director hace que Kerr recita  unas líneas del diálogo del original («El invierno debe ser frío para aquellos que no tienen recuerdos cálidos» como si quisiera comprobar si el sentimiento de amor que hay detrás de ellos siguen conmoviendo en 1957.

La frivolidad comienza a profundizarse una vez que el barco atraca en Madeira y la pareja visita a la abuela de Nickie (Cathleen Nesbitt); los dos se han enamorado profundamente cuando llegan a la ciudad de Nueva York, preparando el escenario para la tragedia que los separará. Por el camino, se dan un plazo de tiempo para reencontrarse, en la parte superior del Empire State Building. “¡Es lo más parecido al Cielo que tenemos en la ciudad de Nueva York!».

¿El original o el remake?

Esto por supuesto es al gusto del consumidor; aquí solo establecemos una hoja de ruta. Y lo cierto es que ambas películas serían representativas de cada momento. En su primera etapa,  McCarey combinaba géneros y estilos aunque predominando las soluciones narrativas y visuales del primitivo cine mudo, mientras que en los años  50 el cineasta deja que la modernidad penetre en sus imágenes.

McCarey describió una vez que la diferencia entre el original y el remake se encontraban en Charles Boyer y Cary Grant. Mientras que Boyer interpretó a con un ardor más directo y serio, la personalidad más fría y distante de Grant  esconde la vulnerabilidad del personaje detrás de un esmoquin de una forma  no muy diferente de cómo interpretó su personaje en  “To Catch a Thief” (Alfred Hitchcock). Eta sofisticación fue complementada por la astuta sonrisa  irónicaa de Kerr, a través de un romance que sacudía a los personajes de su complacencia.

La primera es más sincera, mientras que la segunda es una producción más pulida y visualmente más atractiva.

El primer momento en que Nick y Terry descubren lo que sienten el uno por el otro sucede durante de la abuela de él, Janou, interpretada por Cathleen Nesbitt. Pero nos despedimos de ella demasiado pronto. Nick le dará el mejor regalo que un nieto le haya podido dado a su abuela, y la convence para que toque el piano para ellos poco después. Es sublima le serenidad de esta escena, en la que Janou se pierde en sus recuerdos y la pareja disfruta descubriendo su amor. Cuando son interrumpidos por el aviso del crucero anunciando su inminente partida, la sonrisa de Janou se pierde de vista hasta que retoma otra vez mirando a su nieto, mientras dice: «No me gustan los silbidos del barco».  No me parece una coincidencia que en el final (la otra escena más hermosa de la película) Terry reciba un regalo de Janou por correo.

¿Quién fue Leo McCarey?

Hoy es un nombre que seguramente no le suene a prácticamente a nadie, a algún cinéfilo de raza a quién le guste el cine clásico americano y a pocos más. Pero un su momento fue uno de los grandes cineasta del Hollywood dorado, al que muchos han querido comparar con el japonés Yasuhiro Ozu y con unos dramas capaces de hacer llorar a las piedras. Dirigió algunas películas bastante aclamadas, como “Sopa de ganso” (con los hermanos Marx); “La vía láctea” (la película sonora de Harold Lloyd); o “Las campanas de Santa María” y “Siguiendo mi camino”, que enlazan con su carácter católico. En su cine, Cary Grant sería uno de sus actores fetiches.

 Es la época del Tecnicolor y de la imagen panorámica del Cinemascope, aunque con un aire de irrealidad.  A pesar de que el propio Grant se habría opuesto a la decisión de McCarey de filmar el idílico interludio mediterráneo en un set de la Fox, si encontramos esto en distintas escenas, como por ejemplo, en la casa de la abuela, con fondos mate e iluminación de estudio. El espléndido uso de la pantalla panorámica ilustra la fragilidad del romance idealizado de la pareja en el «mundo real».

E Igualmente no se olvida McCarey, un hombre profundamente religioso, combinar el carácter espiritual con el emocional, mucho más allá que la famosa frase de la película sobre el Empire State Building: “lo más cercano al cielo en esta ciudad”.

La película podía parecer un sketh agridulce  en Technicolor,  por el carácter de irrealidad con la que envuelve esta historia de encuentros: encuentros casuales, citas subrepticias, citas perdidas. Así que McCarey basa toda su puesta en escena en la danza de cuerpos que se encuentran y separan, entran y salen del marco de la pantalla panorámica, y los ojos que se comunican en secreto a través de las distancias.

Mientras que la resolución de esta maraña melodramática se resuelve en la famosa escena final: once minutos de diálogo magníficamente dirigidos entre Kerr y Grant que son absolutamente desgarradores.

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