Regresando al universo de Dune.

Tras los retrasos provocados por la pandemia de la Covid, los cines vuelven a la normalidad con algunos de los estrenos más esperados, quizás el mayor de todos sea la versión de Dune a cargo del francocanadiense Denis Villenueve.

Las ciencia-ficción contó con una serie de memorables autores que crearon auténticos universos en sus novelas como Isaac Asimow (Fundación, de la que se prepara una versión cinematográfica); Robert Heinlich (su obra más destacada sería “Forastero en tierra extraña”, aunque quizás sea más conocida “Tropas del espacio” adaptada como “Starship troopers”) o Frank Herbert. Ambientada 8000 años en el futuro en un lugar desconocido del universo, la novela hacía hincapié en la violación del medio ambiente por parte de la humanidad y en la explotación de los pueblos indígenas, temas que eran oportunos tanto en 1965 como en la actualidad. Pero más allá de este trasfondo, es una epopeya sobre un clan familiar que intenta sobrevivir en un planeta árido y enfrentarse a los déspotas ávidos de poder.

Si no estás dispuesto a profundizar en este particular universo, podrías comprenderlo mejor viendo a Dune como si fuese una versión de Juegos de trono en el espacio, al estilo de Star Wars. La familia Atreides sería los Starks; los Harkonnes, los Lannister; el emperador, bueno, como el malvado emperador y los Fremen como unos ewoks, aunque en el desierto, mucho más duros y nada de peludos.

10191, una odisea de las especias.

Lejos de los argumentos simplistas de Marvel, Dune se deja llevar por una densidad confusa. El libretto escrito por Eric Roth, Jon Spaihts y el propio Villenueve describe tanto las dificultades políticas de un inmenso universo como el impacto del hombre, preguntas que dan una mayor resonancia actual aunque el impacto ecológico estaba presente en la novela.

Durante 80 años, el planeta desértico de Arrakis fue presidido por los Harkonnen, que lo gobernaron con puño de hierro mientras controlaban la producción de la valiosa especia, incrustada en la arena y el aire. Ahora, el emperador ha ordenado que los Harkonnen abandonen Arrakis y ha puesto a la Casa Atreides en su lugar. En Dune hay una realidad geopolítica muy compleja, traiciones, alianzas, clanes intergalácticos y conceptos como colonización y explotación de recursos que podrían recordarnos al petróleo y el mundo árabe. De hecho, una de las características de la nueva versión es la “familiaridad”.  Su película de 2016 La llegada trataba las formas de comunicarse con unos extraterrestres que experimentaban la existencia de una manera completamente diferente a la nuestra, mientras que Dune está empeñada en representar una humanidad de un futuro lejano, pero arraigado en nuestra cotidianidad familiar (gaitas tocadas en una ceremonia, la inclinación de un antepasado por las corridas de toros).

¿Quiénes son sus personajes?

Oscar Isaac interpreta al padre de Paul, el duque Leto Atreides, un gobernante descuidado pero amable, consciente de que está siendo llevado a una trampa cuando se le pidió que se hiciese cargo de Arrakis. Los asesores militares de confianza de Leto, Duncan Idaho (Jason Momoa) y Gurney Halleck (Josh Brolin), sirven como tutores de Paul, mientras que su madre y concubina del duque, Lady Jessica, encarna la tensión inquieta de una mujer dividida entre proteger a su hijo y prepararlo para la inevitable amenaza. Pero Jessica también es un miembro leal de la Bene Gesserit, una orden matriarcal de mujeres psíquicas que manipulan la política buscando una forma de crear el Kwisatz Haderach, un mesías que podría ser Paul.

De hecho, el aspecto más atrevido de Dune  no son sus naves espaciales  quietas en el aire, la banda sonora de Hans Zimmer o su pálido antagonista, el barón Vladimir Harkonnen (un Stellan Skarsgård casi convertido en un alter ego del Coronel Kurtz de Marlon Brando), flotando con sus propulsores de antigravedad. El aspecto más atrevido es la inquietud en torno a la idea de un elegido, desde la ceremonia militar inspirada en Leni Riefenstahl en la que Leto y Paul reciben su encargo de cuidar a Arrakis hasta el hecho de que Paul fue fruto de la eugenesia. La película, de hecho, comienza con Chani hablando en voz en off sobre la colonización de la tierra de los Fremen y la opresión que han experimentado a manos de forasteros rapaces, y luego se dirige a un salvador blanco cuya grandeza fue diseñada gracias una serie de profecías y a la manipulación genética.

Dos de los personajes más importantes son el líder Fremen (Javier Bardem) y Chani, un miembro de la población indígena, interpretada por Zendaya, que presumiblemente tendrá más que peso en la secuela y que es capaz de llevar a la humanidad hacia un futuro mejor. Pero Villeneuve no parece muy interesado en contarnos una historia romántica con adornos de ciencia-ficción. Pasa numerosos minutos describiendo la topografía de Arrakis y los trajes que permiten sobrevivir en aquel planeta pero no pierde ni un solo minuto en los conflictos internos de sus personajes.

¿Cómo la valoramos?

La película está plagada de alusiones cinematográficas. Podríamos reconocer a “Lawrence de Arabia” por el desierto, pero también a “Apocalypse Now“, en la escena que presenta a un barón Harkonnen calvo interpretado por Stellan Skarsgård; e incluso “2001: Una odisea del espacio”; mientras que la partitura de Hans Zimmer recuerda tanto a su “Gladiator”, a “Lawrence” de Maurice Jarrey, a “Atmospheres” de György Ligeti de “2001” y, por supuesto, al adorado compositor de Villenueve: Johan Johannson.

Pero ni la versión de Lynch es el desastre que todos proclaman ni la de Villenueve la maravilla que parece encandilar al público soberano. Es verdad que conocemos ahora mejor el universo de Dune, pero el cineasta canadiense necesita de 45 de sus 155 minutos en contarnos todo el tinglado, más metraje incluso que el propio David Lynch para presentarnos la historia. Dejando para una presumible secuela (que es posible que tarde en filmarse) no sólo la conclusión, por supuesto, sino el desarrollo de las ideas principales de las que solo hemos visto un esbozo. Tal es así que los 155 minutos de esta primera parte se me han hecho “interminables”.

El casting no es un problema, como era de esperar de una película que cuenta con la mitad de los actores famosos de Hollywood, pero al igual que sucedía en la versión de Lynch flaquea cuando quiere dar a esos intérpretes algo que hacer. Lo vemos sobre todo en Josh Brolin, genial cuando actúa como mentor, pero queda reducido a nada cuando la acción se traslada a Arrakis. Quedaría, eso sí, los famosos escudos protectores como parte de su legado que, por supuesto, la tecnología ha permitido que los nuevos escudos luzcan más aunque Villenueve desaprovecha la belleza de las escenas de acción, haciendo que la sensación de peligro sea poco creíble. Curiosamente los personajes con menos minutos en pantalla tienen más importancia, destacando al barón Harkonnen, quien cede el control de Arrakis con tal de desarrollar su maldad entre las sombras.

Y por último uno de los problemas que veo es el guión. Es difícil detenernos en la historia cuando es muy poco lo que sucede. Es la principal diferencia con la versión de Lynch. Desde los primeros compases, ya se advertía el plan del emperador para debilitar a la casa de Atreides, mientras que en la película de Denis Villenueve, el espectador se imbuye de la confusión de Paul Astreides al contarnos la historia desde su punto de vista. 

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