Escape room: Un aceptable refrito de Cube y Saw tan entretenido como olvidable.

Desde que en 2012 Paramount estrenase  The Devil Inside y ganase 33 millones de dólares en su primer fin de semana (de un presupuesto de 1 millón de dólares), los grandes estudios han buscado hacer caja con unos adolescentes –a fin y a la postre, los que llenan las salas de cine- dispuestos a toser dinero con cualquier película de terror. Y eso a pesar de las malas críticas, en parte porque la mayoría se estrenaron sin que la prensa pudiera escribir sobre ellas y sobre todo porque a los adolescentes les importan un colín lo que diga unos resabiados que escribimos sobre cine.

Las dos, la original y la secuela, o sea Escape Room (2019) y Escape Room “Torneo de Campeones” (2021),  están centradas en el oportunista tema de las “escapes room”. Si películas como Cube, Saw o La habitación de Fermat hicieron posible una serie de atracciones en las que unos jugadores estan atrapados en habitaciones temáticas con tal de resolver una serie de puzles, era normal que el cine volviera la mirada a esas “habitaciones de escape”.  Pero y ¿si una de esas escape room fuera un juego a vida o muerte? Esa fue la premisa simple pero efectiva del film de 2019, en la que se competía por un gran premio en efectivo para descubrir que se encontraban en un laberinto letal. Terror claustrofóbico en donde la única forma de salir adelante es despertar el ingenio, así se logran las pistas y se resuelven los acertijos, sino la pena sería la muerte.

Seis desconocidos se reúnen en la sala de espera de una corporación,  un grupo de almas perdidas y solitarias, invitadas a un misterioso escape room. En la primera película, el director Adam Robitel (quien también dirige la secuela) ofrecía un ritmo en la solución de los rompecabezas para darnos el tiempo suficiente de conocer a los personajes. Así supimos, por ejemplo, de la chica triste y la noble veterana (Deborah Ann Woll) o mantener un ojo en el engreído hombre de las finanzas (Jay Ellis). En esta ocasión, el guión (de Will Honley, Maria Melnik y Daniel Tuch) ni siquiera nos da los nombres de esta nueva hornada de concursantes antes de que uno de ellos sea sacrificado sin contemplaciones. El trauma es la clave en la segunda entrega, el condimento especial que se rocía generosamente sobre todo el elenco de personajes. Es como si las cicatrices físicas, el ceño fruncido y las trágicas historias de fondo, presentadas de forma apresurada, sirvieran de sustituto del desarrollo de los personajes.

Las habitaciones, las verdaderas estrellas.

Las habitaciones en las que estos personajes están atrapados son las verdaderas estrellas de la función. En la primera película, el director Adam Robitel (Insidious: The Last Key) introducía  cada habitación de forma especial. Y alrededor de estos decorados, los personajes eran  coreografiados, ofreciendo un completo  recorrido de todas las pistas ya sean auténticas o falsas, para que el público pueda entender todas las formas en que la situación cambiaba a medida que se hacía avanzar cada rompecabezas. Cada nueva toma se siente como una invitación a especular sobre lo que podría suceder a continuación. En “Torneo de Campeones”, hemos perdido estas excelentes introducciones a favor de más  secuencias de acción al final de espacio,  llenos de trampas que hacen que las muertes sean espeluznantes (o al menos tan espeluznantes como se puede obtener con la calificación para que puedan visionarla los adolescentes, que como decimos es para quiénes están pensadas estas películas).

En las películas de terror, la suspensión de la incredulidad se entrega regularmente con facilidad.

“Escape Room” estableció un mundo donde una poderosa corporación  podía lograr laberintos de pesadilla que rayaban en lo imposible. Por lo tanto, aceptamos que la sala de un casino se ponga boca abajo o que un vagón de metro pueda volcar a sus pasajeros en el subterráneo de un banco, conduciendo a una playa  y más allá.

Pero la falta de falta de historia de fondo logra descarrilar la mejor secuencia de la película. La escena es una escape room ambientada en el vestíbulo de un banco con un enorme suelo dispuesto como un tablero de ajedrez y una puerta de bóveda frente a la entrada. Sería un escenario perfecto para un atraco;  un paso en falso llenará toda la habitación con láseres mortales. Para encontrar el camino, tienen que usar pistas de cajas de seguridad, llaves ocultas, mapas, alusiones de ajedrez y acertijos de juegos de palabras.

A todo esto se suma un estilo que reduce el diálogo prácticamente a situaciones como “¡La habitación se está llenando de agua!”, “¡Hay una llave!”. Olvídate de ese consejo propio de escritura de guión: “muestra, no cuentes”.

Con todo, son dos películas, original y secuela, bastante entretenidas y que harán las delicias de los amantes de los escapes room.

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