Mank. Un film autocomplaciente sobre el Hollywood dorado.

-Solo es un escritor.

Irvin Thalberg (Ferdinand Kingsley).

Ciudadano Kane es uno de esos clásicos imperecederos que ha vertido ríos de tinta en todas direcciones, y Mank, una de las películas más personales de Fincher. La escribió su padre Jack, en los años 90 y el director la guardó en un cajón durante veinte años a causa de su elección por el blanco y negro. Casualmente fue Netflix quien terminó por darle su apoyo y financiación. De esta forma, regresamos a los años dorados de la Meca del Cine, a través del guionista Herman J Mankiewicz (Gary Oldman) en su lucha por la autoría creativa del guión de Citizen Kane.

En la secuencia de apertura, los autos de los años 30 se mueven a lo largo de una carretera rural de California, levantando polvo tras de sí. Los coches llegan a North Verde Ranch en Victorville, a unas 90 millas de Los Ángeles,  en donde Mankiewicz, con la pierna rota, borracho y cansado pasará las próximas 12 semanas acostado en la cama y preparando el guión de la futura película.

Una oda del viejo Hollywood.

Fincher y su cameraman, Erick Messerdmicht, quisieron recrear tanto la puesta de escena como la fotografía de la época en que se rodó Ciudadano Kane. Optaron por una relación de aspecto 2.20: 1, más amplia que la original, de  1.37: 1, pero llenaron la película de referencias al clásico de Welles. La más evidente es la botella que cae de la mano de Mank. Si no detecta otras, captará esta: La secuencia de apertura en la que Kane susurra “Rosebud” y deja caer su bola de nieve.

Otros detalles son la referencia visual más determinante de aquel clásico. Una de las innovaciones que desarrolló Gregg Tolland fue la profundidad de campo, manteniendo el primer plano, el plano medio y el fondo con un aspecto nítido, al mismo tiempo. Y es cierto que, en determinados momentos, vemos destellos de esta nitidez; pero como digo son “destellos” pues pronto Fincher y Messerschmidt lo llevan a su terreno.

En una secuencia, Mankiewicz recibe una llamada telefónica. Al otro lado del hilo se encuentra uno de sus amigos en un estado totalmente ebrio, Shelly Metcalf. La profundidad de campo gradualmente se vuelve superficial, lo que aleja la atención de los espectadores de Sara (la esposa de Mank) y del ajetreado fondo. La mujer, como decimos, aparece borrosa en la imagen para no desviar en ningún momento la atención en la conversación de Mank y sus expresiones faciales. Esta transición refleja su estado de ánimo: cuidar de su amigo se había convertido en una prioridad urgente y la profundidad de campo no cambiará hasta que la llamada se termina. Esto se logra gracias a un sistema fotográfico: el efecto Cinefade que permite cambiar nitidez de la profundidad de ampo, desenfocando el fondo mientras que mantiene nítido el primer plano.

En este sentido, mi toma favorita de Messerschmidt es una combinación del enfoque  con un cambio en la profundidad de campo. Sin un cambio de plano, Mankiewicz se encuentra postrado en la cama, en primer plano, y Rita –su secretaria, entra en la cocina para prepararle un té, lo que vemos al fondo. Cuando ella entra en la cocina, se enfoca a la mujer y una vez dice su frase, el enfoque vuelve a Mank a medida que la profundidad de campo disminuye y va desenfocándose la cocina. Al final, Rita se acerca con el té y sacamos la profundidad de campo suficiente para mantenerlos a ambos enfocados.  

Pero es en lo narrativo donde vemos la mano del director. David Fincher se le pueden atribuir muchas cualidades pero hay algo que no encontraremos en su cine y esta no es una excepción: la alegría. E igualmente, su cine está en manos de grandes manipulares y, como digo, esta no es una excepción. De ahí que no resulte una “oda” completa de esa época una historia que resulta tan deprimente en el que casi nadie está feliz con su trabajo ni orgulloso de él; quizás, el magnate Louis B. Mayer. Interpretado por un animado Arliss Howard, tiene una secuencia en la que pronuncia un discurso memorable: aquel en el que intenta convencer a sus empleados a que se bajen el sueldo.

En cuanto a su personaje principal, el escritor Herman J. Mankiewicz , era un periodista  de Nueva York que buscó fortuna en la capital del cine americano, vendiendo su inmenso talento en Hollywood. Pero mientras esperaba su oportunidad para escribir la Gran Historia Americana, tuvo que contentarse con contribuir, a menudo sin acreditar, en obras tan notables como El mago de Oz o El orgullo de los yankees. Pero Mank no trata de sus éxitos sino de su lucha contra el alcoh0lismo y el juego. La película está estructurada en dos arcos paralelos, con dos puestas de escenas contrapuestas. El primero sigue el proceso de escritura de Ciudadano Kane mientras estaba postrado en cama, en pleno rancho rodeado de unas praderas. El segundo arco se desarrolla diez años atrás, cuando Mankiewicz formaba parte del sistema de estudios de Hollywood, trabajando con productores como David O. Selznick (Toby Leonard Moore) y, sobre todo, con Louis B. Mayer. La trama se desarrolla en unos grandes espacios, a veces agobiantes, vinculados con el dinero y el poder; como también vemos el origen de algunas de las ideas que florecerán en Citizen Kane. En la finca de William Randolph Hearts, se filma un western. Mank llega justo en el momento en que se prepara la escena en la que  Marion Davies (Amanda Seyfried), va a ser quemada en la hoguera. Mankiewicz usa su elocuencia para entablar una amistad con Marion y ganarse la confianza de Hearst (Charles Dance).

A medida que la película avanza hacia los años 30, vemos a Mank codeándose con el magnate de la MGM Louis B. Mayer (Arliss Howard) y su joven mano derecha, Irving Thalberg (Ferdinand Kingsley). Otras escenas nos llevan a la sala de guionistas de Paramount, donde Mank y otras leyendas de Hollywood como Ben Hecht (Jeff Harms), o el apuesto hermano de Mank, Joe (Tom Pelphrey), pasan todo el día entreteniéndose.

Entonces van a apareciendo temas que podrían tener una semejanza con la actualidad: la lucha a vida o muerte de los estudios para que la gente vuelva a los cines durante la Depresión; o la campaña para Gobernador del demócrata Upton Sinclair, de ideas próximas al socialismo, y cómo la batalla electoral afectaba al propio Hollywood.

Y, al final ¿qué?

Ahí es cuando entra la confusión narrativa que solemos ver en los films de Fincher.

Supongo que la intención es mostrarnos cómo Mankiewicz sucumbe a una industria que odia y adora, al mismo tiempo, pero eso no se materializa bien en pantalla; tampoco el enfrentamiento con Welles. Se suceden tantos eventos en la película que pasamos de uno a otro sin que ninguno de ellos nos deje un impacto duradero; la subtrama política aparece y desaparece en un abrir y cerrar los ojos. El conflicto central entre Mank y Welles queda completamente al margen, para dar mayor relevancia a aspectos insospechados.

La película se parece un poco a esa mansión de Xanadú de Citizen Kane: llena de magníficas decoraciones pero vacía en lo emocional. El “Mank” de Fincher necesita con urgencia su propio Rosebud.

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