“Voces”. Un regalo para los amantes del género.

Más allá de un guión desvencijado, lleno de callejones sin salida, bruscos giros de guión y de unos personajes poco construidos, “Voces” es una meritoria ópera prima, que destaca sobre todo en su aspecto visual y como declaración de intenciones a la hora de querer crear un brillante espectáculo de terror. Ofrece lo que una gran parte del público busca en este tipo de películas: un ritmo ascendente, unos sustos bien coreografiados y una partitura musical que acentúa la sensación de miedo.

Estamos ante el retrato de una familia que estrena un nuevo hogar donde pronto se irán manifestándose extraños fenómenos, a cargo de unas entidades agresivas que buscan aterrorizar a los vivos o transmitir un mensaje. Una trama, por tanto, que no oculta la referencialidad que se esconde tras las imágenes, llegando a recurrir a leitmotivs, encuadres, conceptos y líneas de diálogos de una veintena de ellas. Introduce a los habituales expertos paranormales en este tipo de films, en los personajes de Germán (Ramón Barea) y su hija (Ana Fernández), lo mejor de la película, que tendrían su referente en la legendaria Zelda Rubistein como la médium de “Polstergeist”; el grupo de investigadores de “El orfanato” o los Lambert de la saga de “Insidius”.

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Hablar de “Voces” nos lleva a hacerlo de una de las películas que marcaron a fuego a toda una generación de cinéfilos, hace cuarenta años: Polstergeist (Tobe Hooper, 1982). Podríamos culpar a Steven Spielberg de definir las claves del horror doméstico en “Something Evil”, todo un ejercicio televisivo que sentaría las bases de futuros fantasmas, aunque sea Tobe Hooper quién firmaría la principal referencia de este subgénero (eso sí, con la sombra de Spielberg no muy lejos). A nivel conceptual nos traslada a “The fog” (John Carpenter, 1982): Los habitantes de Antonio Bay eran víctimas inocentes de un crimen del pasado; o “El ente” (Sidney J. Furie) en su visión de los fantasmas como entidades malignas. Pero la principal fuente de inspiración es sin duda, “Amitiville” (Stuart Rosemberg, 1979) del que toma dos aspectos fundamentales: la presencia de las inquietantes moscas y la influencia de las voces en sus personajes.

Terror visualmente de primera para un guión de tercera.

En cierta manera, “Voces” sigue la estructura de “Paranormal Actitivity”, pero ficcionando la propuesta, sin el carácter de “mocknumentary” lo que restaba fuerza a la saga, mientras que Ángel Gómez es un director que apuesta por la puesta de escena y el artificio. Y lo hace a través de detalles inquietantes como las conversaciones fantasmales en walkies (que, sin embargo, en la historia termina diluyéndose) o la cortina en la habitación del niño, situando esa frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Y algunas escenas absolutamente brillantes, de destacar, el encuentro de Germán con su esposa fallecida, en la cocina; y la visita de la madre a la habitación de su hijo, Eric.

Una película sencilla que aprovecha los escasos elementos con los que cuenta: tres personajes y un escenario único –una casa destartalada-, recurriendo a tics de las casas encantadas y a los homenajes –tanto personales- como de otras películas. Seguramente eso escandalice a los “defensores de la originalidad”, pero se trata de una referencialidad calculada, que no busca en quedarse en el simple homenaje sino que lo incluye  en la narrativa de la historia. Y lo hace con un buen pulso del ritmo y sin recurrir a los razonamientos del género. En un  momento en que el cine de terror  sufre de una especie de inflación de producción y de una cierta de indefinición de conceptos, “Voces” sería un ejemplo artístico a seguir,  aunque su guión sea mejorable.

Lo realmente llamativo es cómo Ángel Gómez va cerrando la imagen alrededor de los personajes a medida que va desarrollándose la trama, creándose una pesadilla claustrofóbica. Para ello recurre a un veterano del género como Pablo Rosso quien apuesta por una fotografía muy atmosférica y un sólido tratamiento del color, para mostrar las diferentes estructuras argumentales.

Y para ir cerrando, una duda final. Es curioso que una película que toma como leitmotiv el sonido –a través de las psicofonías- de prioridad a lo que se ve que a lo que se oye, tanto que las “voces”, en sí mismas, terminen siendo un McGuffin. Una ocasión perdida: habría sido una propuesta mucho más fresca e innovadora que la película diera riendas sueltas a los aspectos técnicos sonoros, haciendo que la tensión se sintiera a través de lo que los personajes oyen. Pasos, goteo, el viento, y de eso hay poco, la verdad; hasta el punto que “Voces” llega a ser tramposa, al romper sus propias normas: la trama se resuelve a través de recursos visuales (los dibujos de Eric, los dibujos de Ismael Pinteño sobre los “mitos” y las imágenes espectrales, grabadas en la casa).

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