Historias de Filadelfia. Ella es la estrella.

-¿Qué no te interesa hablar de ti? Pero si eso te fascina,  pelirroja.

Con siete planos y sin necesidad de verbalizar nada, se explicaba la ruptura de un matrimonio; una de las mejores escenas de aperturas de la historia del cine que supuso el regreso a Hollywood de una de sus grandes divas después de que la prensa la etiquetase como “veneno para la taquilla”.

Vayamos unos años atrás, concretamente a 1938. El director que no creía ni en los movimientos de cámara ni en los flashbacks, Howard Hawks, filmó una de sus obras maestras, el screwball La fiera de mi niña”, un film que a Katherine Herburt le resultó tan alocado que se rompieron las relaciones entre la actriz y la productora, la RKO. La estrella fue vetada en la Meca del Cine, después de encadenar unos fracasos comerciales, pero no se quedó mano sobre mano, sino que pidió a su amigo Phillip Barry que le escribiese un personaje a su medida con tal de refugiarse en el teatro. Barry escribió “The Philadelphia Story”, presentando a una heredera arrogante (la percepción pública de ella misma) que se humillaba, como parte de la estrategia de Herburn para recuperar la popularidad y su carrera cinematográfica. Y bien que funcionó. Lo representó hasta 500 veces sobre los escenarios; la obra tuvo tanto éxito en Broadway que su enamoradizo pretendiente –Howard Hudges- compró los derechos para su adaptación al cine; derechos que, a su vez, vendió Herburt a L. B. Mayer (el de la MGM) con la condición de ser la protagonista, poder elegir al director y al reparto principal. Así se reunió de un grupo de “amigos”, tres grandes estrellas de la época dorada de Hollywood (George Cukor, Cary Grant y James Steward), con tal de evitar los problemas que tuvo en el pasado. En la película Hepburn es la rica heredera Tracy Lord, divorciada de su primer marido, CK Dexter Haven (Grant), a punto de casarse con un aburrido pero respetado millonario; Haven, aún enamorado, consigue que el periodista Macaulay Connor (Stewart) y su fotógrafa, Elizabeth Imbrie (Ruth Hussey), asistan a la ceremonia haciéndose pasar por primos, con tal de escribir un reportaje sensacionalista y boicotear el enlace. Entonces se produce el esperado caos, propio del género, mientras que la diversión y el ingenio se elevan como burbujas de champán. Pero “Historias de Filadelfia” podría ser el reverso de “La fiera de mi niña”. En uno de los siete planos de la famosa secuencia inicial, vemos como Herburt rompe a Cary Grant un palo de golf. Si recordamos, el primer encuentro entre ambos personajes en el film de Haws es durante una partida de golf, en la que ella le golpea con una bola en la cabeza. “La fiera de mi niña” trataba sobre un paleontólogo que pretendía casarse con su secretaria, aunque una millonaria hará todo lo posible por estropearle sus planes. “Historias de Filadelfia” cuenta la historia al revés. Una millonaria se piensa casar pero su ex marido se presenta unos días antes con el fin de desbaratarle su boda.

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Un enfoque distinto en la comedia.

No se parecía en nada a las comedias que se hacían en aquella época –ni al slapstik de Charles Chaplin o Buster Keaton-  ni a las películas del citado Howard Hakws. Tampoco se trata de un film de “director”, porque si no hablaríamos de otra película y podríamos compararla con, por ejemplo, “Luna Nueva” (The Girl Friday, Howard Hakws), del mismo año, 1940. A un lado, tenemos los diálogos frescos e ingeniosos y uno de los mejores ejemplos del llamado “estilo invisible” americano, y al otro, “Luna Nueva”, la comedia de mayor agilidad e intensidad en la puesta de escena, en años, una película trepidante en la que todo va pasando rápidamente, los diálogos se disparan antes que recitarse, e incluso parece haber un grado de improvisación por lo natural que resulta todo. Una joyita. Pero, como decimos, el director aquí no es la estrella sino la actriz, el personaje principal y, en esta, apreciamos un aroma a drama más intenso que de costumbre. Si no fuera por el envoltorio de comedia y el ingenio de los diálogos; los martinis, el champan, los trajes y la sofisticación, nos trasladaría a un drama de Tennessee Williams, en donde los ricos sacaban a relucir sus tragedias personales y los romances no parecían tan claros. Fijaos, en este sentido, símbolo del amor de la película; no por casualidad, llamado “True Love”. Aquí es donde destaca el persone principal, Tracy Lord, la mujer que lo tiene todo pero que, sin embargo, es incapaz de vivir con nadie porque no es capaz de empatizar con los demás; como una mujer de bronce, como una diosa griega, tal y como se representa en un diálogo con James Steward: “¿A ti no te parece que soy de bronce?”.

Es una comedia en la que encontramos varias tramas y de la que se desprenden varias lecturas. Por una parte, encontramos la lucha de sexos que mantienen los personajes de Herburt y Grant, sobre la que se sostiene una más interesante, la lucha de clases. Eso sí, desde una perspectiva muy conservadora, aderezados con algunos momentos geniales como aquella escena en la Steward coge una cucharilla y le descubre el mayordomo, creyendo que la iba a robar. Cuando fue a retirarse, le muestra las solapas de la chaquetilla para demostrarle que no se había llevado nada. “Es un hermoso mundo cuando la clase privilegiada disfruta de sus privilegios”, dirá el periodista de forma sarcástica.  De esta situación,  surge el triángulo amoroso entre los tres personajes principales, junto al romance que mantiene James Steward  con la fotógrafa. En este sentido, el personaje de Ruth Hussey evolucionará de la indiferencia a la admiración por Tracy Lord, por el hecho de pertenecer a una clase superior y finalmente termina como no podía ser de otra forma, de una manera conservadora e irreal. Cada oveja con su pareja social.

Otro aspecto a destacar sería la confrontación masculina. La gente suele referirse al  enfrentamiento entre De Niro y Pacino en Heat (Micheal Man), pero este palidece frente a la tremenda química que despliegan Steward y Grant. Un momento magistral, en esta línea, es cuando James Steward va a la casa de Cary Grant; uno se presenta recién levantado de la cama, mientras que el otro llega borracho. Una auténtica lección de interpretación.

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Es curioso pero el personaje de Cary Grant parece ser el de un segundón.  En la puesta de escena, vemos un plano –nada más empezar la película- en el cual su personaje va detrás de la pareja de James Steward y Ruth Hussey. La verdad es que nos lo presenta como un villano desde el principio, como un arrogante playboy, aunque encantador, que mantiene un duelo personal como James Steward: “Pensé que todos los escritores bebían en exceso y pegaban a sus mujeres. Ya sabes, en un momento, incluso yo quise ser escritor”.

Hay una curiosa anécdota sobre el actor, que, a pesar haber trabajado previamente en una multitud de películas (por citar una, “El caballero sin espada”, justo el año anterior) se le atascó una frase y necesitó de una de las personalidades que visitaban aquel día el rodaje, Noel Coward, para que saliese el escollo.

¿Cuál sería el balance de la película? Un film que triunfó en taquilla pero en el que debió existir mucha tensión tras las bambalinas que explicaría, por ejemplo, que las carreras de Cary Grant y Katherine Herburt no volvieran a cruzarse. Lo cierto es que “Historias de Filadelfia” fue una película hecha tan a la medida de la actriz que parecía referirse a ella misma cuando Tracy Lord reflexionaba en voz alta; a pesar de ello, no se llevó el Oscar. Ni tampoco Cary Grant con un personaje con sabor a segundón, que debió luchar para que su nombre apareciese en segundo lugar en los créditos. Lo ganaría, sin embargo, James Steward (su único Oscar y quizás fuese más una reprobación de la Academia por no haberlo ganado el año anterior, por “Caballero sin espada”, que por una auténtica apuesta por la película). Lo cierto es que este trío de ases no se volverían a reunir y la propia productora filmaría otra versión, esta vez en musical- “Alta sociedad”- y con un sabor mucho más suave.

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