Rebeca. Ochenta años regresando a Manderley.

“Una no nace, sino que se convierte en mujer”, decía Simone de Beauvoir, y no habría mejor ejemplo que Daphne du Maurier, una joven esposa de un comandante del 2º Batallón de Granaderos, destinado en Egipto que decidió sentarse frente a una máquina de escribir. Ella no era una mujer feliz, sino una solitaria angustiosamente tímida, que con 30 años ya habría publicado cuatro novelas cuando rescató de la papelera un manuscrito de unas 15.000 palabras sobre dos esposas, una muerta, y un nombre: Rebeca. La idea le surgió de sus propios celos cuando descubrió unas cartas dirigidas a su marido, firmadas por una estilizada R.

La escritora jamás habría sospechado del éxito que hizo que, en apenas dos años, David O. Selznick se lanzara a producirla, con un director británico, recién llegado, al frente y unas famosísimas palabras –“Anoche soñé que volvía a Manderley”- recordadas por todos los que amamos el cine. Pero a pesar del presagio de esta voz en off y del final simbólico de aquella gran mansión de Cornualles quemándose,  no es un thriller, en un sentido estricto. Quizás sea el colmo que el único trabajo de Hitchcock que ganase el Oscar a Mejor Película sea un melodrama gótico tan alejado –en apariencia- de su cómodo territorio del suspense. Pero “Rebecca” ilustra la grandísima capacidad de un director que pocos le atribuirían. Si el Oscar supondría su mayor elogio –en términos de reconocimiento-, que se trate de su debut Hollywood sería toda una declaración de todo lo que habría por venir.

Sobre el papel, “Rebecca” no sería más que otro drama – severo, sombrío y psicológico-, impregnado de una atmósfera británica, con unos atípicos héroes románticos para la época: Un hombre (Max Winter, Laurence Olivier) atormentado, no tanto, por su pasado sino por su incapacidad para controlar ese pasado, representado en su esposa fallecida que pondrá título a la película, de ahí que se apoye en su nueva compañera (sin nombre), Joan Fontaine, como esa esposa que no le causará problemas. Pero Selznick quiso convertir a la actriz en otro personaje femenino elevado a las alturas, siguiendo los pasos de “Lo que el viento se llevó” e “Intermezzo”.

No podríamos olvidarnos de la “bruja” del cuento, una inmensa Judith Anderson, en el papel de Mrs Danvers, la ama de llaves, quien le expondrá el misterio de la muerte de la primera esposa, haciéndola competir con el recuerdo de la anterior señora de la casa.

Sería la segunda adaptación de Hitchcock de una obra de Daphne du Maurier, hija de un viejo amigo suyo –después de que filmase “Jamaica Inn”, justo el año anterior- pero la escritora quería evitar las libertades creativas que solía tomarse Alfred Hitchcock con su nueva novela (como sucedió con la anterior) y no se decidía a vender los derechos. Un cambio era obligado. La autora convirtió la muerte de su esposa en asesinato, por lo que el Codigo Hays –entonces, la gran defensora de la moral- no veía bien que un asesino se librase impune, transformando el clímax en un accidente.

David O. Selznick: Una espada de Damocles.

Hitchcock se sintió tentado por Hollywood desde hacía tiempo, pero no le convencía nada tener que abandonar Inglaterra. Sería necesaria la guerra mundial y las presiones de Selznick para que el Maestro del Suspense aceptase la oferta del productor de Pensilvania. A Hitchcock le encantó el libro pero para hacer lo que quisiera con él y de hecho quiso comprar los derechos antes que Selznick pero no contaba con los 50.000 dólares que la autora pedía por ellos: la misma cantidad que Margarett Mitchell se embolsó por “Lo que el viento se llevó”. Desde, entonces, las relaciones entre ellos no serían fáciles, porque Hitchcock era un director que creaba las películas en su cabeza antes de filmarlas, y David O. Selznick alguien acostumbrado a decir la última palabra. Entre tanto, el proyecto quedó aplazado y el productor propuso una nueva historia: filmar una película sobre el naufragio del Titanic.

Entre una y otra, “Rebecca” fue la película que se decidió rodar, pero a media que la producción avanzaba Hitchock veía cómo sus decisiones eran continuamente cuestionadas, por ejemplo, en el reparto. Hitchcock quería a Vivian Leigh como protagonista, mientras que Selznick impuso a Olivier y la actriz fue despedida porque el productor se negaba a que ambos –que mantenían un romance adúltero- participasen juntos. El director respondió fichando a Joan Fontaine –lo que hizo enfurecer a Laurence Olivier, quien pagó aquella decisión con la actriz-. Hitchcock aprovechó esa tensión para trabajar el personaje femenino: hizo creer a la actriz que todo el equipo la odiaba y de esta forma logró que reflejase la inseguridad que pedía su personaje en pantalla.

A pesar de las continuas intromisiones del productor, “Rebeca” es un claro ejemplo del cine de  Hitchcock, en general, y de la fotografía, en particular. A pesar de rodarse en Hollywood, en platós y localizaciones americanas, hay bastante de la ambientación y teatralidad, británicas. Contaba con puestas de escena muy formales, aunque al director le gustaba jugar con la cámara (primeros planos, travellings, los planos secuencia) y los característicos movimientos de grúa que acompañaban al personaje femenino cuando subía o bajaba las escaleras, -para mostrarnos la yuxtaposición de primeros y medios planos con el plano general- un clásico en su cine.

Así, lograba películas muy elaboradas en donde los decorados y los detalles cobraban un gran protagonismo. Mientras que la prueba de que Hitchtcok creaba sus películas en su cabeza y luego las filmaba, era que recurría a muchos elementos comunes desde sus característicos cameos a planos idénticos. Porque pretendía que sus imágenes “hablasen por sí mismas”; un cine en lo que todo es lo que vemos y depende, en gran parte, de quién mire.

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