La curiosa historia de cómo surgió “Espartaco”.

Los grandes clásicos, lo que no sucede sólo en el cine, tienen algo en común: la dificultad que acompaña su proceso de creación. La historia del séptimo arte está llena de este tipo de contratiempos, desde “El padrino” a “Apocalipsys Now” y uno de los títulos más emblemáticos que contó con una curiosa historia es “Espartaco”, pemplum mítico a cargo de Stanley Kubrick.

Del enfrentamiento Espartaco-The Gladiators a la llegada de Kubrick.

El regreso de Kubrick a los Estados Unidos, precedidos por el prestigio de “Senderos de gloria”, vino acompañado de un descalabro profesional. Fue contratado por la MGM para escribir y dirigir una película, pero el ejecutivo que le iba a contratar fue, a su vez, reemplazado y el cineasta buscó fortuna en Peenebaker, la productora de Marlon Brandon. Al actor le había llegado el tratamiento de una historia sobre la muerte de Billy el Niño, escrita por Sam Peckipah, y Kubrick comenzó a escribir el guión, aunque sin tomar en cuenta lo ya escrito.

Desde entonces, la rivalidad entre Brandon y Kubrick fue en aumento. Un ejemplo de  ese clima de desconcierto nos lleva a la casa de Marlon Brandon donde se solían reunir. Brandon pedía a los miembros del equipo que se descalzaran para no estropear el suelo de parqué, pero Kubrick aportaba un “detalle” personal: se quitaba los pantalones, con el fin de estar más cómodo, y se quedaba en camisa y calzoncillos. 

Al mismo tiempo que Kubrick preparaba el guión de “El rostro impenetrable”, Kirk Douglas había comenzado una campaña a favor de “Espartaco”, entre la Universal. Pero Douglas encontró un escollo inesperado: “The Gladiators”, el film que la United Artist anunciaba a bombo y platillo.

Kubrick solía jugar al póker (y perder) con algunos colegas de profesión, entre ellos el cineasta Martin Ritt, quien iba a dirigir su más ambicioso proyecto, el de la United Artist, “The Gladiators”. El proyecto contaba con un poderoso triunvirato: Ritt, el actor Yul Brynner y un prestigioso guionista, Abraham Polonsky quien adaptaría una novela de Arthurth Koestler, con una idea similar a la escrita por Howard Fast, la novela guionizada por Dalton Trumbo. Al final, Douglas se hizo con el proyecto y la película de Ritt se fue al traste; curiosamente Brynner y Kirk Douglas se encontrarían bajo las órdenes de Martin Ritt en “Mafia”.

Hay un detalle más sorprendente y que marcaba la tendencia de Hollywood, una vez pasada la Era del McCarthismo y su “caza de brujas”: encontrarse con dos proyectos afines, con equipos que contaban con antiguos militantes del Partido Comunista. Abraham Polonsky, Koestler y el propio Ritt, por una parte, y Dalton Trumbo, Howard Fast y Jeff Corey, el instructor de interpretación de la actriz norteamericana Sabina Bethman, por el otro.

La participación de Dalton Trumbo fue una de las grandes apuestas del propio Douglas, quién le encargó la adaptación de la novela a una película, con pocos puntos en común con el personaje histórico. De hecho, el actor-productor logró una hazaña personal: devolver a su guionista, a los créditos, pues su persecución por razones ideológicas obligaba a Trumbo, a trabajar en Hollywood de forma no acreditada. Pero ésta sería una “manzana envenenada”, pues fue el propio Dalton Trumbo quién le aconsejó a Kirk Douglas el contar con Kubrick para la dirección.

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La Universal impuso a Anthony Mann como director, quien terminó abandonando el proyecto con la escena de la cantera, como legado de su trabajo. La marcha de Anthony Mann se debió a las continuadas quejas de Kirk Douglas al comprobar que el director favorecía a Peter Ustinov, pero Laughton también aireaba sus propias críticas por la “erosión de su personaje”. Dalton Trumbo dio más importancia a los personajes de Craso (Olivier) y Espartaco (Douglas) que al de Graco (Laugthon) lo que por cierto, era una distorsión histórica; nunca se llegaron a encontrar los Graco y Craso.

El enfrentamiento Douglas-Kubrick-la Universal.

Kubick ya había dirigido a Kirk Douglas en “Senderos de gloria”, pero la relación entre ambos era tensa. A pesar de ello, Douglas se vio obligado a aceptarlo como nuevo director, sobre todo ante la negativa de Carol Reed y David Lean. Kirk Douglas quiso atar corto a Kubrick pero su estrategia se volvió en su contra. Viendo Stanley Kubrick que todo estaba por hacerse, salvo el guión, se nombró en los cargos que aún necesitaban adjudicarse y desde su nueva posición, tomó partido por el proyecto.

Entre sus primeras decisiones, fue expulsar a Sabina Bethman y  nombrar a la británica Jean Simmons en el papel de Varinia, en un baile de sustituciones que iban a demostrar el peso de Kubrick en la película. A parte del reparto, las localizaciones fue otro de los grandes quebraderos de cabezas, situándonos desde el puro cine de estudio a exteriores en España (la escena de la batalla) o San Sineon, en California, el mítico castillo de Randolph Hearst en “Ciudadano Kane”, que servirían para los interiores de la villa de Craso. 

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Los contratiempos no cesaron, sino que se convirtió el rodaje en una de las peores experiencias que viviría un equipo de cine. En el ambiente de locura en que se desarrolló el día de día de “Espartaco” (aparte del enfrentamientos de egos entre Kubrick y Douglas, a fin a la postre el productor; se sumaron las rebeldías puntuales  de algunos de los actores –Ustinov- y los paparazzis haciendo fotos a troche y moche).  Pero el otro gran enfrentamiento fue el de Kubrick con la Universal y el cameraman.

Continuamente Kubrick frenaba el ritmo del rodaje para fijar el estilo visual que, en cierto modo, le daría fama. A espesas, por supuesto, del director de fotografía impuesto por la Universal, Rusell Metty, que echaba humo. Una y otra vez, las propuestas del camarógrafo eran ninguneadas por el director hasta que vivió el rodaje de la película como unas vacaciones pagadas; y la Universal se vio obligada a ceder a todo lo que pidiese Kubrick. El cineasta había creado un claro precedente: a partir de entonces controlaría hasta el mínimo detalle de la producción. La grandísima paradoja llegó con los premios de la Academia,  pues a Kubrick le negaron una vez más el Oscar a mejor director, mientras que Rusell Metty recibía la estatuilla a la mejor fotografía (de hecho, su único Oscar en toda la carrera) por un trabajó que no realizó.

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