En memoria: José Luis Cuerda.

Ha fallecido en estos días uno de nuestros cineastas más entrañables, capaz de crear un istmo propio a través de  unas historias disparatadas y un humor absurdo con el que quiso “dar un revolcón a la lógica y retorcerle el pescuezo”.       

José Luis Cuerda nació en Albacete en 1947 y abandonó los estudios de Derecho por la televisión, trabajando en TVE, tanto en los Informativos como dirigiendo el programa “Cultura2”. Debutó en el largometraje con “Pares y nones” (1982) una película no muy distinta a la comedia madrileña con la que debutaron muchos futuros cineastas (Fernando Trueba, Fernando Colomo), aunque a Cuerda siempre le interesó la literatura, adaptando al cine una infinidad de novelas desde la pequeña pieza “El túnel” (Fernando Sábato). Más recientemente, sirvió de gran pope de uno de los comienzos más prometedores, como mentor y productor de Alejandro Amenábar (“Tesis”, “Abre los ojos” y “Los otros”).

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Maestro del realismo mágico rural.

Aunque se atrevió con géneros muy diversos desde el thriller al melodrama de posguerra, Cuerda pasará a la historia por ese tipo de cine donde él parecía estar en estado de gracia. Habría momentos intensos para un niño, a la hora de darse cuenta de que los cuentos de hadas eran sólo eso, cuentos; o al descubrir que los reyes magos son los padres. Pero también a los españoles les sucedía algo parecido cuando se reconocían en la España surrealista que planteaban sus películas. Cuerda se solía reunir de un reparto de lo más insólito para desplegar su humor tan característico, a través de la gracia y la ternura del mundo rural, ya sea de Galicia o  de su Albacete natal en “Amanece que no es poco”.

El origen de este estilo se encontraba en una pequeña película para la televisión “Total”, retrato de los tres últimos días del mundo a través de Londres, un imaginario pueblo de Segovia, con sus tres casas, su escuela y su granja de ovejas y otra de vacas. Ahí estaría todo presente: el cine coral, esos diálogos, situaciones y personajes que serían inolvidables, como el bandido Fesdetestas, los hombres que crecían entre huertos o los suicidas que gritaban: “¡mátame, camión!”. A veces, José Luis Cuerda contaba con un entrañable socio –Rafael Azcona- autor de algunos de los mejores episodios de nuestro cine.

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Luego llegó “El bosque animado”, de una novela de Wenceslao Fernández Flores que resultaría inadaptable por los animales y las plantas que hablaban entre sí como si de una película de animación se tratase, aunque teniendo a Rafael Azcona como fiel escudero, todo parecía ir fácil. La película logró hacerse con uno de los primeros Goya, al mejor guión adaptado, que contaba el mundo surrealista de nuestra sufrida España, en plan de risa y tragedia.

En 1989, filmó su proyecto más famoso: “Amanece que no es poco”, película que recibió muy malas críticas y una taquilla bastante ramplona, pero única en nuestra geografía capaz de crear un fenómeno sociológico “el amanecismo”, a través de las fantasías y un humor absurdo que ya habría planteado en “El bosque animado”.   Más tarde vendrían “Así en el cielo como en la tierra”, “La marrana” y su última película “El tiempo después”, que nos trasladaba a un particular mundo posapocalíptico, reducido a un único edificio, donde vivía una élite aborregada y a fuera, un pueblo lleno de parados.

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El recuerdo de la guerra.

Su cine no sólo dio para ese humor tan suyo, también hubo tiempo para mucho (y muy bueno) drama con un fondo nostálgico que nos llevaba a la guerra civil. Dos años después de “Amanece que no es poco” se pasa al melodrama, con “La esposa del capitán Estrada”, la historia de una humilde viuda en el Madrid de la posguerra, al mismo tiempo que nos acerca a sus apetencias amorosas, rechazadas por la sociedad bienpensante del primer franquismo. Otro título sería “Los girasoles ciegos” con la que Cuerda alcanzó Hollywood o “La lengua de las mariposas”. Situado en un pueblo gallego a comienzos de la guerra civil, nos contaba la complicidad de un niño, de mirada curiosa con un entrañable maestro de escuela (Fernando Fernán Gómez).

Allí donde estés, ya te habrás reunido con esos amigos de siempre: El alcalde, Rafael Alonso, al que no le quitan ni con la horca; a Chus Lampreave, con sus vacas y a González, con sus ovejas; a Paco Rabal con el tricornio y a Manuel Alexander que se meterá en la cama para violarte. Que no se lo tome a mal, que como bien nos contaste, José Luis, un hombre en la cama es un hombre en la cama.

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