Mi noche con Maud. Un cuento moral en el centenario de Eric Rohmer.

Ya vi una película de Rohmer y era cómo ver crecer una planta.

Harry Mosbey (Gene Hackman)

La película que no quería ver el detective Harry Moesby, Gene Hackman, en “La noche se mueve” (Arthur Penn, 1975), es todo un juego de sensualidad que estuvo nominada al Oscar a la Mejor Película y supuso el reconocimiento internacional de su director, Erich Rohmer. Fue su tercera película, el cuarto de sus “Cuentos morales” y la segunda vez que colaboraba con el cameraman, Néstor Almendros.

La hemos elegido para celebrar el centenario del nacimiento de su director; una historia que no puede ser más sencilla, aunque “debajo de su aparente simplicidad hubiese un universo complejo y fascinante”, como solía decir el propio Rohmer. Un joven ingeniero (un inmenso Jean-Louis Triginan) llega a Clermont, una ciudad de provincias para trabajar. Allí, conoce en misa a Françoise, católica como él, de quien sentirá tal atracción que la considera ya su futura mujer, pero en uno de esos días de cortejo, se reencuentra con un viejo amigo, Vidal. Mientras conversan sobre Pascal y las matemáticas, se le presenta la ocasión de conocer a una amiga de Vidal, Maud (Françoise Fabian). Erich Rohmer sitúa a estas dos mujeres en las antípodas. Françoise es rubia y católica; mientras que Maud, morena y liberal, recién divorciada; es decir, también con valores opuestos a él. Desde entonces, se produce un juego de sensualidad, en torno a este trío amoroso –tema recurrente en Rohmer- que desembocará en un encuentro entre los tres personajes, en una escena final, con una revelación decisiva, que no desvelaremos.

Rodada con un bellísimo blanco y negro (recordemos que su anterior película, también con Almendros como cameraman, “La coleccionista” deslumbraba por su luminoso colorido), suponía un tratado de la condición humana en la que sus personajes exploran sus deseos y relaciones amorosas. Sus personajes suelen ser jóvenes (aunque también los haya mayores) que se reúnen en sus días de asueto, vacaciones o fines de semana.

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La noche que pasa con Maud, aquella que dará título a la película, podría considerarse como de lo mejor rodado por Erich Rochmer. Una impagable conversación en la que nos sitúa, como espectadores, al mismo borde de la escena, como si nosotros estuviésemos presentes, y lo logra gracias a la inestimable ayuda de su director de cámara, habitual, el español Néstor Almendros. Se produce un larguísimo plano secuencia, con planos fijos muy largos y contraplanos de igual duración, para que los actores conversen libremente sobre religión, el amor o las matemáticas. Una forma sencilla de rodar, pero con gran eficacia, que culminará en el clímax sexual.

Barbet Schoreder, productor.

Una de las curiosidades con las que nos podremos encontrar es con la participación del cineasta Barbet Schoeder. El director francés de “El misterio de Bülow” o “La virgen de los sicarios” comenzó su andadura en el cine, al lado de Jacques Rivette y Godard, y fundó una productora, junto a Rohmer, que produciría algunas de las películas más significativas de la “Nueva Ola”.

Entramos de lleno en los territorios de la Novelle Vague, pero si como movimiento existían unos ciertos elementos comunes, las obras de Godard, Truffaut, Rohmer o Rivette, estarían alejadas un mundo.

El estilo de Eric Rohmer.

Maurice Scherer –ese era el nombre real de Eric Rohmer- fue sucesor de André Bazin en la dirección de “Cahiers du cinema” y el último en pasar de crítico a cineasta. Una curiosidad, en torno a su seudónimo, es que lo tomaría prestado del director Erich von Stromheim y de Sex Rohmer, escritor de las novelas de Fu Manchu. Su cine fue relacionado con “relatos breves”, en comparación con Jacques Rivette –el “novelista” de la Nouvelle Vague-, y se ha considerado que su cine es “más de pensamiento que de acción”, ocupándose menos “de lo que la gente hace que de lo que le pasa por sus cabezas”. Un cine que abarca 50 años y una treintena de películas, dramas de cámara, irónicos y filosóficos, agrupados en una serie de ciclos: “Los cuentos morales”, en donde reflexionaba sobre la destrucción sexual y la identidad personal; “Comedias y proverbios” y “Las cuatro estaciones”, retratos de una juventud caprichosa enfrentada a la crisis emocional. Después realizaría una decena de otras películas, sin catalogar, entre adaptaciones literarias o tomadas de la historia.

Películas como “Mi noche con Maud”, “La rodilla de Clara”, o aquella de curioso título “El árbol, el alcalde y la mediateca”, forman parte del estilo de un director, católico y muy culto, -su obra maestra “Mi noche con Maud”, comenzaba con una cita de su adorado Blaise Pascal- que vagaba entre la sensualidad, el naturalismo y el amor. Sus películas suelen desembocar en triángulos amorosos, donde el amor –entendido como un capricho- es el recurso que utiliza el director para esos cambios que suceden alrededor de la historia. De hecho, deja a sus personajes discurrir libremente, como buen católico, haciendo gala de una opción ética y filosófica en la que suele reservar –al espectador- la función de juez, ante sus ironías eróticas, tras las cuales suele haber un carácter moral. No por casualidad, Eric Rohmer decidió llamar a esas primeras películas “Cuentos morales”.

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Otro aspecto clave en su cine, es que todo se dice por el diálogo, situándose lejos de ser un simple vehículo de la caracterización de los personajes o de información; diálogos pausados, tan llenos de naturalidad que parecían improvisados, pero complejos. También observamos la importancia que tenían las anécdotas que se contaban los personajes, o esas largas escenas, casi siempre rodadas en plano secuencia. Muchos intentaron imitar su estilo, sobre todo en el cine francés –destacaría la reciente Mia-Hansen Löve (El porvenir)- o en el nuestro –algunas películas de nuestros dos Fernando, Colomo y Trueba- aunque su mayor valedor parece encontrarse al otro lado del Atlántico: Richard Linlaker. La historia entre Jesse y Celine, el tríptico de “Antes del amanecer”, es puro Rohmer.

Hoy en día, muchos espectadores estarían de acuerdo con la opinión de Gene Hackman, en “La noche se mueve” (Arthur Penn). Ciertamente, algo de verdad hay en el diálogo de ese personaje; su cine suele lento y pausado. A primera vista no sucede nada, o muy poco. Pero mientras unos ven crecer una planta, nosotros adoramos su forma de rodar, sencilla pero de gran eficacia, llena de ironía y ternura, en donde las palabras se presentan como una suave melodía.

4 comentarios en “Mi noche con Maud. Un cuento moral en el centenario de Eric Rohmer.

  1. Bienvenido sea este fundamentado y sentido homenaje al gran Eric Rohmer, que demostró que, más allá de la violencia, el sexo y la confusión reinantes, existe otro cine.

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  2. Q otra opinion podria tener un gringo sobre una belleza ejemplar de la novelle vague si solo hacen y ven comedias tontas, terror sin fundamento, sangre, patadas, explosiones y sexo (sin q tenga sentido a la historia q esta siendo contada). Dejando de lado el tema filosofico y moral (q aparentemente no se puede xq estan unidos a esa decision q tomo)… fue la correcta? Estuve sintiendome decir “estupido… q estupido” (acerca del protagonista), por lo menos en los ultimos 30 mins de la pelicula. La decision fue porque era una muchacha joven y sin el pasado de Maud? Lo religioso tuvo mucho q ver? Q hubieran hecho ustedes como hombres? La diferencia con nosotros (latinos) es q el protagonista era frio y lento (tambien aburrido, triste y serio, pero quedemonos con las 2 primeras virtudes). Mi eleccion hubiera sido quedarme con Maud aunque en mi vida real siempre la cago. Un saludo

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