Badlands. El debut de Terrence Malick como director.

-Cuando el viento hacía susurrar las hojas,  era como si los espíritus cuchichearan sus problemas.

“Badlans” comienza con una voz en off, con la que Malick traza el camino que recorrerán sus dos personajes principales, la huida a ninguna parte de dos jóvenes amantes y asesinos, al mismo tiempo que enraízan en las costumbres atávicas y primitivas de la América Profunda. Terrence Malick plantea de una forma espléndida el momento en que se da el primer paso de esa huida a ninguna parte, cuando el padre descubre que su hija Holly está recogiendo sus cosas, en una tarde radiante, con un ensayo de la “hora mágica” –recurso de la fotografía de luz natural que marcará su siguiente película “Días del cielo”. De esta forma, Kit acude a salvar a su novia adolescente, Holly (una soberbia Sissy Spacek, justo antes de “Carrie”) de un padre autoritario (Warren Oates). De un corte a otro, desde la luz amarilla del sol al atardecer, a luz anaranjada del amanecer, se pasa del disparo a quemarropa sobre el padre de su novia, al plano en el que se ve su cadáver.

Las baldans (¿no es innecesaria la traducción a “Malas tierras?”) es un término de Geografía que alude a las tierras áridas que dominan gran parte de Dakota del Sur. Un paisaje, presente en este primer largometraje de Malick. Se trata de la película más “convencional” de su filmografía y la más apreciada, entre los espectadores más críticos. Sin embargo,  encontramos ensayos, como por ejemplo, del efecto Kuleshov a través de insertos de naturaleza neutra, lo que luego repetirá en sus películas, junto con la idea de la búsqueda del Edén e incluso del “walden” de Thoreau. El pacífico bosque sería ese paraíso terrenal pero que será echado a perder por la mano del hombre, de forma salvaje y violenta; igual que sucede al final de “Días del cielo”.

La trama está ligeramente inspirada en un hecho real, sucedido en 1958, una historia que tuvo lugar en Dakota del Sur sobre una pareja de jóvenes asesinos. El caso de Charles Starkweather, que mató a una decena de personas desde Nebraska a Wyomnig, ha sido uno de los sucesos reales más cinematográficos, con una docena de cineastas que buscaron en él, su inspiración.

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Dentro de este contexto, Kit es un joven que trabaja de basurero, aunque será despedido –por motivos que desconocemos- por lo que acepta cualquier cosa que le ofrecen, por ejemplo, peón de ganadero. Es, al fin y al cabo, un pobre diablo, que representa el ideal de libertad, la rebeldía y la fuerza por las armas, si es necesario.  Kit, el personaje de Martin Sheen es un James Dean que encarnaría el ideal del “americano” en su pureza. Una esencia que enraíza en el mito del “buen salvaje” romántico y violento, que incluso puedan recordar a esos nativos americanos de “El nuevo mundo”- nos serviría como ejemplo, una escena en la que Kit avisa a Holly imitando al sonido de un animal-. Holly, por su parte, es una chica de ciudad, que vive al amparo de su padre y que sueña con todo aquella que desean las jóvenes de su edad; aunque un buen día Holly se enamorará de la vida rebelde de Kit. Su relación es secreta porque su padre, un pintor de carteles publicitarios, se opone a ella y una vez que la descubre, obliga a Holly a asistir a clases de clarinete, con la idea de ocupar sus ratos libres.  Pero eso desatará la huida de la pareja y  un road movie al margen de la ley, tras el cual ella terminaría sintiéndose desencantada. 

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