Bienvenidos a Malickland.

Terrence Malick pertenece a una generación de directores americanos que decidieron romper con Hollywood, en los años 70. Frente a los rupturistas (Martin Scorsese), él se posicionó junto a los asimilacionistas (Peter Bogdanovich), aunque trató su cine desde el transcendentalismo, el humanismo, la filosofía y la fe. Un esteta del séptimo arte que conjugó el pensamiento de Heidegger (el hombre en el mundo), la moral conservadora, la religión y la naturaleza. Son muchas las voces que tildan su filmografía de aburrida, pretenciosa o adoctrinadora, los que creen que es un director poco respetuoso con el trabajo de los demás –sobre todo, de los actores-, mientras que  para otros –entre los que me sitúo- es mucho más que un cineasta, un gurú entre el cine, la naturaleza y el Hombre con mayúsculas. Un visionario que arrastra sus historias por un río, una consciencia –entre filosófica y humanista- con la que envuelve sus películas.

Ha sido tan hermético en su vida que no hay certezas ni tan siquiera del lugar donde  nació. Algunos aseguran que nació en Waco (Texas) mientras que otros en Otawa (Illinois). Lo cierto es que se crió en una familia de origen libanés y trabajó como granjero antes de estudiar Filosofía en Harward, licenciándose “cum laudem”, tras el cual continuó su formación en Oxford donde estuvo preparando una tesis sobre Heidegger, que nunca vio la luz. Su vida y su carácter personal y profesional estuvo marcada por la muerte de dos sus hermanos: Larry Malick, gran aficionado a la guitarra española y discípulo de nada menos que de Andrés Segovia, se quitó la vida; mientras que Chris, murió en un accidente de tráfico. Años más tarde, fue periodista “freelance”, escribiendo para algunas prestigiosas publicaciones como “New Yorker” o “Life”, e incluso fue profesor de Filosofía en el MIT, hasta que se sintió atraído por el cine. Dirigió su único corto “Lanton Mills”, gracias a un máster del American Film Institute, protagonizado por Warren Oates y él mismo, aunque lamentablemente los únicos que pueden visionarlo son los alumnos del AFI, por decisión del propio director.

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Luego, logró abrirse el camino en Hollywood como guionista, gracias al productor Robert Dadley. Así, escribió uno de los guiones desestimados de “Harry el sucio”, que planteaba a Marlon Brandon en el papel principal, y su primer guión acreditado: “Los indeseables”. El film suponía la tercera colaboración entre Stuart Rosenberg y Paul Newman, actor que no supo entenderse con el co-protagonista, Lee Marvin, y la película fue un fracaso. Tras esto, Malick decidió dirigir sus propios guiones y, justo al año siguiente debutaba con “Badlands” (1973).

Sus primeras películas.

Basada en una historia real, protagonizada por Sissy Spasey y Martin Sheen, “Malas tierras” (Badlands) era la huida hacia ninguna parte de un joven asesino, con pintas a lo James Dean, y su novia adolescente.  Una película en la que esbozaba los planteamientos estéticos y cinematográficos que desarrollaría en sus siguientes trabajos:  el uso de una voz en off, como técnica narrativa.

En su segundo trabajo, “Días del cielo”, enmarca un relato sobre la ambición y la miseria –con reminiscencias bíblicas- en un paisajismo maravilloso. Para esto se apoya en una soberbia banda sonora firmada por Ennio Morricone y en una fotografía espléndida del español Néstor Almendros, merecedora de un Oscar, basada en luz natural y en el  concepto de “hora mágica”. Pero Terrence Malick hizo un giro inesperado tras estos dos películas que le encumbraron a lo más alto de Hollywood y con los festivales de prestigio a sus pies: se retiró durante veinte años del cine, marchándose a Francia y negándose a conceder entrevistas.

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En 1998, Malick vuelve a la dirección con un film bélico que competiría en los Oscar y en taquilla con nada menos que “Salvar al soldado Ryan”, dos propuestas en las antípodas sobre la Segunda Guerra Mundial. Basada en la obra homónima de James Jones, “La delgada línea roja”, reflexionaba sobre la guerra –desde un punto de vista filosófico y humanista- siguiendo los pasos de la Compañía C, que combatió en la batalla de Guadalcanal.

La película contaba con un reparto increíble, grandes estrellas de Hollywood, muchos de ellos ninguneados por la política del director en la mesa de montaje, volviendo a quedar claro que a Malick le interesaba menos los actores y los personajes que la naturaleza y la historia, tal y como el propio cineasta la entendía. De hecho, cualquier papel podía quedar severamente mutilado, como lo comprobó George Cloony, quedándole una única escena en toda la película.

Esto mismo sucedería de nuevo en la particular historia de amor entre John Smith y Pocahotas: “El nuevo mundo”, título que volvió a dividir al público, entre aquellos que no le soportan y los que le adoramos. En su cuarto largometraje la naturaleza se desborda en cada plano y el guión se replantea en mil lecturas, en un intento por lograr un mayor esteticismo y espiritualidad. Todo esto y los silencios, tan elocuentes, es lo que marca a esta película y sus siguientes trabajos.

La Trilogía Metafísica.

2011 fue el año que marcó para siempre el cine de Terrence Malick, a consecuencia del escándalo que produjo la presentación en Cannes de “El árbol de la vida” y la consiguiente Palma de Oro. Desde entonces, se divide la carrera del cineasta en dos partes. Una primera, marcada por dramas nostálgicos con una ambientación de época: Badlans, Días del cielo y El nuevo mundo, y el film pacifista “La delgada línea roja”; y por otra parte, la trilogía sobre una concepción metafísica de la existencia humana. “El árbol de la vida”, -el film inaugural es, además, el superior de los dos siguientes títulos- “To the wonder” (una fantasía con la fe y el amor, como algo inherente del hombre) y “Kight of cups”, que sería un punto intermedio entre ambas posturas: recurre a la esencia del amor de su largo anterior, pero a través del misticismo que planteaba en “El árbol de la vida”.

-Veo al niño que fui.

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“El árbol de la vida” es un viaje caleidoscopio por la culpa, la redención y la fe que va de lo íntimo a lo universal, tomando como referencia a una familia de clase media, católica, en los años cincuenta. Para terminar siendo una reflexión sobre la vida y la muerte, con un sentido de la familia y de la fe.

Su sexto título “To the wonders” va determinando su forma de trabajo y su manera de entender el mundo y el cine, sin utilizar guión previo en el rodaje. Todo esto vuelca en los actores –sobre todo en aquellos que no habían trabajado con él- un estado de confusión a la hora de trabajar, sin que ello menoscabe el objetivo propuesto por el director. Lo que pretende es interactuar con el entorno, mientras son filmados por las cámaras, más que interpretar. Más que nunca, la voz en off reflejan los pensamientos necesarios que son insertados en la mesa de montaje.

Una reflexión sobre el amor que, sin embargo, no convenció ni a crítica ni a público.

Terrence Malick queda como un cineasta capaz de crear un universo cinematográfico tan personal que resulta inclasificable y único. Un director esquivo e idolatrado, a partes iguales, con tantos admiradores como detractores. Un cine lleno de matices que da pie a muchas lecturas.

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