Un dios salvaje. La confrontación y el minimalismo según Polanski.

Un curioso título “Carnage”, Carnicería, para una comedia dramática de Roman Polanski, a partir de una obra de teatro de Jasmina Reza.

Un punto de partida mínimo, como una pelea de críos, sirve de excusa para reunir a dos parejas –los padres- en un apartamento, con las claves del realizador: la reflexión sobre la violencia y los escenarios únicos. Convirtiendo el buen rollo inicial en una olla a presión en la que estas cuatro personas, supuestamente civilizadas, van descubriendo la verdadera actitud de los personajes.

Espacios únicos.

Una de las principales reglas que somete Polanski a su cine es el espacio único que, curiosamente se permite el lujo de airear, gracias al inserto de dos planos. El primero es un  plano general muy abierto del parque que existe junto al puente de Brookling, en Nueva York, unos de los lugares más venerados por los cinéfilos desde que Woody Allen lo pusiera en el mapa en Manhattan. En esta ocasión, vemos a una pandilla de críos y como dos chicos se enzarzan en una pelea. No oímos la discusión, porque la secuencia se desarrolla con el dinámico tema de Alexander Desplant, en vez del sonido ambiente. El segundo plano es el cierre de la película. Vemos un primer plano de un hámster sobre la hierba y a continuación un plano de grúa, hasta detenerse en el mismo encuadro del puente de Brookling que en el plano inicial.

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Con la inserción de estos dos planos, enlazamos con otras historias de Polanski en donde los personajes viven sus conflictos aislados en unos pocos e incluso únicos espacios. Pero también habría que destacarse la propia obra de Jazmina Reza.  “Arte” era una versión del cuento de Hans Cristian Andersen sobre el nuevo traje del emperador, de alguien que iba en paños menores aunque nadie le pudiera convencer de ello. Una historia que constataba la ignorancia colectiva sobre algo obvio como parte del absurdo. Un crítico de arte recibe como regalo un lienzo en blanco, algo que enfrentará a sus dos amigos, al hacerles creer que en esa pintura completamente blanca, se encierra la esencia del mejor arte abstracto. Ambas obras, e incluso “Un  dios salvaje”, inciden en una cualidad: el decir en voz alta todo aquello que pensamos pero que pocos se atreven a pronunciar públicamente por miedo a las consecuencias.

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Otro de los valores a favor de la película es que “Un dios salvaje” mantiene el espacio único, como también una misma y breve unidad de tiempo, sorprendente para el cine de estos tiempos: de 79 minutos. O situaciones ya vistas en otros films del director como aquella escena en la que los personajes miran por la ventana (pasar al metro, por el puente), en una situación que podríamos reconocer en “El pianista”.

La confrontación.

La cita transcurre con la cordialidad y buenas maneras que podemos imaginarnos de cuatro personas situadas en la clase media americana, cuatro personas –distintas en el fondo- pero que hacen de la educación unos valores que toman como bandera. Aunque estos ideales en los que se escudan como clase empezará a desintegrarse poco a poco. El matrimonio formado por Penélope (Jodie Foster) y Michael (John C. Railly), los padres del niño agredido, reciben a la pareja formada por Nancy (Kate Wistley) y Alan (CristhopherWaltz), los padres del chico agresor. Todos ellos, están espléndidos porque las películas de Polanski suelen dar una gran fuerza a los personajes, aunque –desde nuestro punto de vista- hemos querido destacar al intérprete John C. Reilly.

Penélope es una escritora, aficionada al arte e interesada por los problemas del Tercer Mundo (acaba de publicar un libro sobre el hambre en África), su marido, Michael, dirige una empresa de reformas y complementos del hogar. Nancy es una agente de bolsa, y su marido, Alan, un abogado. Su personaje será quien dé con la clave de la película, tal y como la habría concebido Jasmina Reza: el mundo está gobernado por un dios salvaje que nos recuerda que debajo de lo entendemos por cultura y civilización, no somos más que animales egoístas.

Son curiosos algunos detalles, que Penélope reproche a su marido, Michael, una cierta condescendencia, cuando intenta conciliar ambas parejas o esos instantes de macho en estado en estado puro cuando Alan y Michael se fuman unos puros o disfrutan de un whisky. O cuando  Nancy vomita sobre los libros de arte de Penélope o las constantes interrupciones de su marido, Alan, con las llamadas de teléfono. También podríamos encontrarnos con la buena mano del director en algunos diálogos.

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